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Informe de inauguración del 2ndo Congreso del Partido Socialista por la Igualdad

Por David North
25 Marzo 2013

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Lo que sigue es el informe de inauguración del 2ndo Congreso Nacional del Partido Socialista por la Igualdad (PSI, EE.UU.) El director general del PSI, David North, abrió el congreso con estas palabras:

Lo que sigue es el informe de inauguración del 2ndo Congreso Nacional del Partido Socialista por la Igualdad (PSI, EE.UU.) El director general del PSI, David North, abrió el congreso con estas palabras:

Comenzamos hoy el 2ndo Congreso Nacional del Partido Socialista por la Igualdad. Nos reunimos en medio de la peor crisis económica, política y social del capitalismo estadounidense y mundial desde la década de los años 1930. No hay que ser marxista para darse cuenta de lo frágil que se encuentra todo el sistema económico internacional. Al leer comentarios en la prensa burguesa, parecería que la teoría de la catástrofe ahora cuenta con una gran cantidad de partidarios. Cuatro años después del espectacular colapso de Lehman Brothers en septiembre, 2008, no hay nada que indique de que la crisis económica mundial se está por acabar.

El que aún no ocurra ninguna expansión de empleos y que la producción de mercancías haya caído en pique ponen en ridículo las declaraciones del gobierno de Obama sobre el progreso de la recuperación económica. La desaceleración económica en Europa y Asia ha reducido enormemente la posibilidad de que la economía de Estados Unidos se recupere considerable o perdurablemente. La reducción simultánea de tasas de interés de parte del Banco Central Chino y por su contraparte europea el jueves pasado, en combinación con la decisión del Banco de Inglaterra de acelerar su programa de estímulo, expresan una convicción compartida por todos los círculos de todas las clases gobernantes mundiales que la economía global se deteriora rápidamente.

El crac es sistémico. Actualmente se desploman las instituciones que formaron las bases de la expansión y de la estabilidad del capitalismo mundial después de la Segunda Guerra Mundial. La crisis crónica del euro presagia el fracaso del proyecto de unificación europea. No se puede creer en la reacción de las clases dominantes a esta crisis, que en gran medida resultó de su propia temeridad e imprudencia. Desde el punto de vista político y moral, estas clases están en quiebra. El fenómeno de la financiación bancaria -que los economistas contemporáneos definen como "proceso cumulativo sistemático por medio del cual las ganancias se obtienen cada vez más a través de medios financieros y no del comercio y la producción de mercancías"[1]-representa el triunfo de la economía parasítica que encarrila a la sociedad burguesa hacia la criminalidad más depravada.

Un nuevo escándalo ha salido a la luz como consecuencia de la admisión del Banco Barclays de Londres de haber manipulado al mercado interbancario inglés, el London Inter-Bank Offered Rate (Libor). No cabe duda que ésta es sólo una entre las tantas instituciones que participaron en este fraude. Incalculables son las consecuencias y el impacto de la manipulación económica de Libor. ¡Falsear esta institución económicamente es lo equivalente a falsear la serie mundial de béisbol! Libor es la piedra angular de las tasas de interés de los préstamos bancarios de incontables negociaciones comerciales que ocurren todos los días en el mundo entero.

Hace 92 años, en su segundo congreso, la Internacional Comunista observó lo siguiente acerca de la financiación especulativa cuando ésta todavía estaba en su infancia:

"La explotación sistemática de la plusvalía que anteriormente fue para el empresario la única fuente de ganancia, en la actualidad parece ser una ocupación demasiado tonta para los señores burgueses que tomaron la costumbre de doblar, de centuplicar sus dividendos en el espacio de algunos días, en medio de eruditas especulaciones basadas en el bandolerismo internacional."[2]

La desintegración de la legalidad en el campo de la economía se refleja en la desintegración del campo político.

El parasitismo que domina a la sociedad capitalista ya resultó en la violación flagrante de la Constitución de los Estados Unidos. Un caos anárquico reina en los ámbitos más altos de la sociedad capitalista. En diciembre, 2000, cuando el caso de Bush contra Gore iba rumbo a la Corte Suprema, dije que el resultado revelaría hasta que punto alguna colectividad de la clase gobernante aun apoyaba principios constitucionales. La Corta Suprema autorizó el robo de esas elecciones, sin la menor protesta de ningún rincón de la estructura política. Durante la década siguiente, fueron implacables los ataques contra los derechos democráticos más fundamentales. Vivimos ahora en un país cuyo gobierno lanza guerras basadas en mentiras descaradas, practica la tortura, y se otorga el derecho de asesinar a gente por todo el mundo, incluyendo a sus propios ciudadanos, sin ningún proceso jurídico. Presumimos que el Presidente Obama no es el primer presidente que ordena asesinatos, pero sí es el primero en jactarse de ello. Ya ha revelado que dedica una gran parte de su tiempo a la supervisión y selección de seres humanos para matar, parte de un programa dedicado a las matanzas extrajudiciales.

Luego de aparecer un informe en el New York Times que describía en detalle el papel clave del presidente Obama en el programa de asesinatos extrajudiciales e ilícitos, el ex presidente Jimmy Carter hizo pública su oposición. Carter no es ningún inocentón político, pero le teme a las consecuencias que devienen cuando el gobierno abandona las bases constitucionales del estado burgués. Bien sabe ese expresidente que la constitución es el pedestal legal del régimen. El gobierno no tiene ninguna legitimidad sin la autorización que le da la constitución, documento, que todos los presidentes juran "conservar, proteger y defender". A medida que la clase opresora abandona el constitucionalismo, no le queda otra cosa que tomar el camino de la fuerza y de la violencia.

Detrás del abandono de principios constitucionales se esconde la transformación de las relaciones de las clases, lo que resulta de contradicciones que no tienen solución ni en los Estados Unidos ni en la economía mundial. Pocos años antes de la Primera Guerra Mundial, Lenin advertía, en un artículo analizando la evolución de la socialdemocracia alemana, que la historia estaba pasando de una fase en que durante medio siglo predominaban condiciones de legalidad política a otra fase. Lenin preveía que las condiciones objetivas destruían la legalidad burguesa. De ahí acaecía "el pánico de la burguesía para deshacerse de la legalidad que, aunque es su propia obra, se le ha vuelto insoportable"[3].

La historia confirmaría el análisis de Lenin. El estallido de la Primera Guerra Mundial puso fin a una larga fase de desarrollo socioeconómico y político. Una época de gradualidad y de legalidad dio paso a otra de guerras y revoluciones. Ahora nos encontramos ante el fin de otra larga fase de desarrollo histórico, durante la cual antagonismos entre estados imperialistas se refrenaron y se suprimió la resistencia social de la clase obrera. En verdad es más correcto decir que ya hemos entrado en una nueva etapa de desarrollo histórico, que se caracterizará por las mayores convulsiones sociales en la historia del mundo. Ese es el significado del principal documento político de esta conferencia que dice que la crisis del 2008 representa, no menos que 1914, 1929 y 1939, una inflexión en la historia del mundo.

La tarea que este congreso es comprender las consecuencias políticas de esta desviación desde el punto de vista del desarrollo histórico de la Cuarta Internacional. Han pasado setenta y cuatro años desde que Trotsky escribió la primera oración del documento de fundación de la IV Internacional que dice: "La situación política mundial del momento, se caracteriza, ante todo, por la crisis histórica de la dirección del proletariado"[4] Al elaborar su respuesta a la avanzada y grave crisis del sistema capitalista mundial, este congreso debe tomar en cuenta esta cuestión: En el contexto de un examen de la interacción de las contradicciones objetivas del capitalismo mundial y la lucha de clases y el desarrollo de la IV Internacional, ¿cuál es nuestra presente evaluación de la crisis de dirección de la clase obrera?

Primero necesitamos tomar por las riendas a la historia del trotskismo. No se trata eso de ningún juego académico; la comprensión de la historia de la Cuarta Internacional hará relucir a una luz penetrante los procesos socioeconómicos que impulsan las luchas de clases. A menos que reconozcamos nuestra experiencia histórica, valdrá de impresionismo político todo intento de analizar la situación actual y de designar tareas "concretas" que sólo podría basarse en selecciones eclécticas de datos empíricos extraídos de los medios de comunicación, de los gobiernos, de los informes académicos, y, a lo mejor, de las observaciones personales. De esa manera es imposible llegar a comprender con la profundidad que hace posible el análisis del movimiento histórico de las fuerzas sociales que bailan al compás de tendencias objetivas del movimiento económico y que adquieren diferentes aspectos en los diferentes períodos y "fases" de la lucha de clases

Este enfoque histórico exige de este congreso un alto nivel de conciencia política. En sí este congreso es también un gran momento en la trasformación de la lucha de clases. Lejos de ser una colección de individuos escogidos al azar, los delegados reunidos en esta sala participan en sus debates como representantes de una clara tendencia política internacional, corriente concretada por décadas de luchas a favor del programa de la revolución socialista mundial. Nuestra crónica histórica demuestra que las luchas dentro de este movimiento han ocurrido, o bien como resultado directo, o bien como señal anticipada de cambios importantes en la situación política internacional y en las correspondientes relaciones de fuerza entre clases sociales.

Actuar conscientemente en el proceso histórico requiere que todo revolucionario aprenda todo lo que pueda extraer de las experiencias y de las tradiciones de la Cuarta Internacional. El marxista debe encuadrar sus propias prácticas en la faena histórica de la lucha por resolver la crisis de dirección revolucionaria. Han pasado ya 30 años, desde el otoño de 1982, desde que yo hice el intento de aclarar, primero en mi propia mente, la importancia de las diferencias teóricas, de perspectiva y práctica política que ocurrían entonces en el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI). Escribí:

"La historia del trotskismo es incomprensible si se la considera como una serie de episodios aislados. Consiste de una evolución teórica que los cuadros han destilado de la incesante evolución de la crisis capitalista mundial y de las luchas del proletariado internacional. Esa continuidad de análisis políticos, a través de toda una época histórica sin ninguna interrupción, de todas las experiencias fundamentales de la lucha de clases, forma la enorme riqueza del trotskismo, que es el único progreso del marxismo después de la muerte de Lenin en 1924.

"La dirigencia política que no luche colectivamente para asimilar toda esa historia nunca podrá cumplir con sus responsabilidades revolucionarias hacia la clase obrera. Sin un conocimiento real del progreso histórico del movimiento trotskista, todas las alusiones al materialismo dialéctico carecen de contenido; sólo son comentarios vacuos que le abren paso a la tergiversación del método dialéctico. La fuente de la teoría no reside en el pensamiento, sino en el mundo objetivo. El desarrollo del trotskismo, por lo tanto, proviene de las nuevas experiencias de la lucha de clases, que entonces se arraigan en el conocimiento que nuestro movimiento ha aprendido de la historia.

'el conocimiento se va desarrollando de contenido a contenido… en cada grado de determinación ulterior, lo universal eleva toda la masa del contenido que le precede y, por su progresar dialéctico no sólo no pierde nada, ni deja nada tras de sí, sino que lleva consigo todo lo adquirido y se enriquece y se condensa en sí mismo.'

Al citar este pasaje de La Ciencia de la Lógica de Hegel [5], Lenin, en sus Cuadernos filosóficos, escribió: 'Este extracto no está del todo mal como especie de resumen de la dialéctica' Tampoco está este extracto mal 'como especie de resumen' del desarrollo dialéctico constante de la teoría trotskista.'"[6]

Nos toca ahora actualizar sobre este congreso "toda la masa del contenido que le precede", de las experiencias de la Cuarta Internacional. Este esfuerzo contribuirá significativamente a la comprensión de la fase actual de la crisis de dirección de la clase obrera y a lo que se debe hacer para resolverla.

A manera de contraste, comparemos nuestro énfasis sobre la conciencia histórica y sobre la importancia de la remodelación de experiencias históricas, con la actitud que prevalece en la seudoizquierda pequeño burguesa. Alain Krivine, líder del Nuevo Partido Anticapitalista francés (Nouveau Parti Anticapitaliste, NPA), ha escrito:

"A diferencia de la LCR (Ligue Communiste Révolucionaire -antecesor del NPA)- el NPA no resuelve todos los desacuerdos; algunos quedan pendientes para futuras conferencias. En esa categoría están todos los debates estratégicos sobre cómo tomar el poder, las reivindicaciones transitorias, el poder dual, etc. Tampoco pretende el NPA ser trotskista, aunque sí cree que el trotskismo es uno, entre otros, de los elementos contribuyentes al movimiento revolucionario. No queriendo hacer lo que se hacía bajo el estalinismo- adoptar posturas políticas por el espejo retrovisor-, el NPA no tiene ninguna opinión en cuanto a lo que eran la Unión Soviética, el estalinismo, etc. Su perspectiva política se basa en un análisis compartido de este periodo y de nuestras tareas."[7]

En otras palabras, el NPA no tiene opinión sobre las experiencias políticas del siglo XX. Practica el abstencionismo histórico. El NPA tampoco tiene nada que decir sobre el pasado. Quiere pasar por alto a la Revolución Rusa, la existencia de la Unión Soviética, las traiciones de la socialdemocracia y el estalinismo, el fascismo, el holocausto, las guerras imperialistas mundiales, el ascenso y la caída de los movimientos antiimperialistas del siglo XX siglo, y el colapso de los sindicatos y del reformismo liberal. ¿Cómo olvidarse de todo eso? ¿Acaso puede el NPA crear una política revolucionaria sin tener que proyectar las lecciones del período más turbulento de la historia del mundo? Krivine y sus amigos reaccionan a los acontecimientos políticos con un impresionismo total, con cada paso desligado del otro. Este método, vinculado a su postura clasista, no puede producir otra cosa más que las perspectivas políticas más oportunistas, miopes y reaccionarias.

Todos los días se hace más evidente el antagonismo entre los intereses sociales que representan las organizaciones pequeño- burguesas de "izquierda" -o, más precisamente, de seudoizquierda- y los de la clase obrera. Bien dice la resolución de este congreso del PSI que todas esas organizaciones funcionan como corrientes integradas a la estructura política de la burguesía. Además, en la medida en que su orientación y alineación internacional revela la esencia de la identidad política de esas corrientes y partidos, organizaciones como la ISO (International Socialist Organization) de los EE.UU., el SWP (Socialist Workers Party) de Gran Bretaña y el NPA de Francia no son nada más que aduladores y cómplices de imperialismo. Los entusiasmados teóricos de esas organizaciones apoyan las aventuras neo coloniales de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia en Libia y Siria. Llegan al colmo de denunciar a al "antiimperialismo impensado." En otras palabras, están dispuestos a aceptar, justificar y dar su apoyo a las intervenciones militares de las grandes potencias.

La transformación de estas organizaciones seudoizquierdistas en testaferros de la reacción imperialista resulta de un prolongado proceso que a la vez es histórico, social, político y teórico.

El congreso de fundación de la Cuarta Internacional se celebró en septiembre 1938, después de un lustro de catastróficas derrotas de la clase obrera provocada por las traiciones de los partidos estalinistas y socialdemócratas. La victoria de los nazis en 1933 aplastó al movimiento obrero alemán que contaba con la mayor experiencia política y era el más grande de Europa. A la derrota del proletariado alemán le siguieron los "frentes populares", alianzas entre los partidos estalinistas y capitalistas liberales en Francia y España. Estos ataron al proletariado al carro de la burguesía, paralizándolo políticamente, y encarrilándolo en la vía de su derrota. Mientras tanto, detrás de las fronteras de la Unión Soviética, el terror estalinista aniquilaba a casi todos los cuadros marxistas y a la vanguardia intelectual socialista que había dirigido la Revolución de Octubre y asegurado la supervivencia de la URSS. Estos acontecimientos desorientaron y desmoralizaron a la intelectualidad en Europa y Estados Unidos. Frente las derrotas políticas sufridas por la clase obrera, los intelectuales de izquierda más y más adoptaban perspectivas política escépticas incluyendo escepticismo sobre la posibilidad de una revolución socialista.

En agosto y septiembre de 1939, a raíz de la firma del pacto de no agresión entre Stalin y Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el escepticismo de los intelectuales pequeño burgueses levantó cabeza dentro del Partido Socialista de los Trabajadores (Socialist Workers Party, SWP), sección estadounidense de la Cuarta Internacional. Tres de los hombres más importantes del SWP -Max Shachtman, James Burnham y Martin Abern- formaron una facción minoritaria opuesta a la categorización de la Unión Soviética como estado obrero degenerado. En gran parte, esta minoría había adoptado muchos de los puntos de vista del italiano Bruno Rizzi, quien sostenía que había nacido una nueva forma de sociedad de clases. Esta estaba basada en el control y administración de la propiedad del Estado por una burocracia: un sistema de "colectivismo burocrático". Decía Rizzi en su libro La burocratización del mundo:

"Para nosotros en la URSS, la burocracia es la dueña; posee el poder estatal; dirige la economía, cómo lo hacía la burguesía. Es ésta la que se apodera de todas las ganancias, al igual que han hecho todas las clases explotadoras; es la que determina los precios de venta. Los trabajadores no cuentan para nada en el gobierno de la sociedad. Lo que es más, no reciben ninguna parte de la plusvalía ... La realidad es que la propiedad colectiva no está en las manos del proletariado, sino en las manos de una nueva clase: una clase que, en la URSS, ya es un hecho consumado, mientras que en los estados totalitarios es una clase que aún se encuentra en proceso de formación."[8]

Al comienzo de la lucha entre facciones dentro del SWP, Trotsky se refirió a las razones políticas e históricas del debate sobre si la Revolución de Octubre y la creación de la URSS había dado lugar un estado obrero, aunque éste se haya degenerado rápidamente, o a una nueva forma de dominio de clase que los marxistas no habían previsto. Para Trotsky los argumentos no eran nuevos. En verdad, el concepto del capitalismo de estado nada tenía que ver con teorías económicas. Mucho antes de la revolución rusa, las primeras nociones del "capitalismo de estado" se pueden encontrar en diversas corrientes políticas antimarxistas pequeño burguesas donde las palabras "Estado" y "capitalista", carecen de sentido marxista. Por lo general, en el vocabulario político del anarquismo se usa como un epíteto la frase "capitalismo de Estado". El ejercicio del poder del gobierno, lo que implica cierto grado de coerción, es denunciado como "capitalista", independientemente del carácter de clase del Estado. Que el régimen establecido en octubre 1917 sería "capitalismo de Estado" es algo que los anarquistas dijeron casi inmediatamente después que los bolcheviques tomaran el poder. No eran importantes ni la forma de dominio que éste representara, ni el carácter socioeconómico de ese Estado. Se hace una amalgama de la categoría Estado con el adjetivo "capitalista", sin fundamentar el análisis de ninguna manera creíble.

Por lo tanto, Trotsky ya conocía la acusación de que la URSS era "capitalismo de estado", o alguna otra forma de sociedad explotadora. No la tomaba en serio como explicación de la economía soviética. La presunta "teoría del capitalismo de estado" descarta las categorías de la economía política marxista y las reemplaza con una terminología descriptiva sin sentido científico. Era una teoría en la que se reemplazaban todos los elementos de la necesidad económica con una forma extrema del subjetivismo político. Lo que sí hizo Trotsky fue tomar en serio la revisión fundamental de la perspectiva histórica del marxismo implícito en los argumentos de Rizzi y Burnham. En el fondo de las posturas de Rizzi y Burnham se encuentra el repudio de la apreciación marxista del papel revolucionario de la clase obrera. Escribe Trotsky:

"...Los desilusionados y aterrorizados seudomarxistas de todo tipo responden, por el contrario, que la bancarrota de la dirección "refleja" simplemente la incapacidad del proletariado en cumplir su misión histórica. No todos nuestros adversarios expresan con claridad su pensamiento, pero todos ellos -ultraizquierdistas, centristas, anarquistas, por no hablar de los estalinistas y los socialdemócratas- cargan el peso de sus propios errores sobre las espaldas del proletariado. Ninguno de ellos expresa claramente bajo qué condiciones será capaz el proletariado de llevar a cabo la revolución socialista.

Si aceptamos como válido que la causa de los errores es consustancial a las cualidades sociales del proletariado como tal, hemos de reconocer que el futuro de la sociedad moderna se nos presenta sin esperanza."[9]

Trotsky le pudo poner el dedo en el renglón al temperamento social que estaba echando raíces en amplios sectores de la intelectualidad de clase media, que ya había quebrado sus vínculos con la Revolución de Octubre. El pesimismo de Burnham y Shachtman en 1939-40 predecía una transformación social mucho más extensa: la izquierda intelectual pequeño-burguesa iba a romper no sólo con una corriente política específica dentro del marxismo (es decir, el trotskismo), pero con toda perspectiva política de revolución socialista, e incluso con la posibilidad de progreso social.

Dialéctica de la Ilustración, el libro de dos teóricos de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer y Theodor Adorno, es el más conocido entre todos los catálogos desesperados de la pequeña burguesía publicados después de la Segunda Guerra Mundial. El ataque de los autores a la ilustración, a la razón y a las consecuencias presuntamente malévolas de la tecnología, habría de ejercer una influencia de largo alcance sobre toda una generación de intelectuales de izquierda. El impacto de su obra no se debe a su originalidad. Efectivamente, poco de lo que escribieron era particularmente desconocido. Lo que sí hizo Dialéctica de la Ilustración fue revelar el estado de ánimo que desde hacía tiempo compartían muchos sectores de la intelectualidad pequeño burguesa.

Casi al mismo tiempo que se publicaba Dialéctica de la Ilustración, Dwight Macdonald, un exmiembro del Socialist Workers Party (Partido Socialista de los Trabajadores americano, SWP), quien, siguiendo a Shachtman, se había ido al Partido de los Trabajadores (Workers Party, en inglés), escribió un ensayo titulado "The Root is Man (La raíz es el hombre)." Llama la atención el grado en que los argumentos de Macdonald serían preludio de las ideas antimaterialistas y antimarxistas que tanto se pondrían de moda entre los intelectuales de la posguerra.

Macdonald puso de manifiesto el temor del intelectual pequeño-burgués a la ciencia y la tecnología. Para él era un error fatal de los socialistas creer en la naturaleza progresiva de la ciencia y poner énfasis en lo material por encima de la condición espiritual de la sociedad. Había pasado de moda, insistía, la dicotomía "izquierda y derecha", según la entendían los socialistas; ya no tenía ninguna relevancia en el mundo moderno. La división real, Macdonald escribió, es entre los "progresivos" y los "radicales" (palabras suyas) - él se colocaba entre los radicales.

"Usamos la palabra 'progresivos' para describir a aquellos que ven el presente como un episodio en el camino hacia un futuro mejor, los que piensan más en términos de proceso histórico que en valores morales, los que creen que el principal problema con el mundo es en parte la falta de conocimientos científicos y en parte la falta de aplicación a los asuntos humanos el conocimiento que sí tenemos; los que, sobre todo, consideran que el dominio del hombre sobre la naturaleza es algo bueno y ven su uso para fines malos, como las bombas atómicas, como una perversión. Esta definición, creo, describe bastante bien a la mayor parte de lo que todavía se llama la izquierda, desde los comunistas ('estalinistas') pasando por los grupos reformistas como lo que apoyan al New Deal norteamericano, los laboristas británicos y los socialistas europeos, incluyendo a pequeños grupos revolucionarios como los trotskistas.

Aplicamos el apodo 'radical' al pequeño núcleo -en su mayoría anarquistas, objetores de conciencia y a marxistas renegados como yo- que rechazan la idea del progreso, que juzgan las cosas por su existente significado y efecto, que piensan que la capacidad de la ciencia para guiarnos en los asuntos humanos ha sido sobrevalorado y que, por lo tanto equilibran la balanza, haciendo hincapié en el aspecto ético de la política. Ellos, o más bien nosotros, creemos que existen dudas sobre si el aumento del dominio del hombre sobre la naturaleza ha sido bueno o malo en sus efectos reales sobre la vida humana hasta la fecha, y favorecen subordinar la tecnología a la medida humana en vez de moldear el hombre a la tecnología, aunque eso signifique -como puede bien ser posible- una regresión tecnológica. No se trata, por supuesto, 'de rechazar' el método científico, como a menudo se nos acusa. Para nosotros, el ámbito dentro del cual la tecnología puede dar resultados fructíferos es más estrecho de lo que generalmente se cree. Nos parece que la más firme base para la liberación humana que solía ser el objetivo de la vieja izquierda no es la historia, sino esos valores ahistóricos (la verdad, la justicia, el amor, etc.), que ya no están de moda entre los socialistas que siguen a Marx."[10]

Otra sección del libro de Macdonald, que anticipa la trayectoria antiobrera del radicalismo pequeño burgués de posguerra, lleva el título, "El espejismo de la revolución proletaria" (The Mirage of the Proletarian Revolution).

"Marx consideraba que la clase obrera crearía una sociedad mejor. Sus seguidores aún se fijan en esa dirección, juzgando por el detalle con que la prensa marxista analiza las luchas obreras. Creo que es hora de reconocer que, a pesar de que la clase obrera es sin duda un elemento que participa en la creación de una sociedad más tolerable, no es ahora, y posiblemente nunca lo fue, el elemento que Marx pensaba. La evidencia de esto es bien conocida, y la mayoría de los marxistas aceptarían todas esas pruebas, todos esos detalles. Se rehúsan sin embargo a aceptar las conclusiones lógicas pero desagradables que esa evidencia sugiere ...

De hecho, nunca ha ocurrido un revolución proletaria. Eso es evidente. La revolución proletaria es hoy mucho menos una posibilidad histórica que lo era en 1900."[11]

Rechazar el progreso y repudiar a la clase obrera como la fuerza revolucionaria central de la sociedad capitalista moderna se convirtieron en las décadas que siguieron en principios esenciales de la pequeña burguesía política de izquierda. Se elaboran y se repiten en los escritos de Marcuse, Dunayevskaya y en los de muchas corrientes anarquistas contemporáneas, corrientes sucesoras del anarquismo, y tendencias posestructuralistas.

Macdonald, como teórico e intelectual, nunca fue un pensador importante. Trotsky dijo una vez que Macdonald tenía derecho a ser estúpido, pero pidió que no abuse de ese privilegio. Sin embargo, la cuestión aquí no es su estatura intelectual. Es el grado en que las posiciones que Macdonald expone, se repiten en los escritos de los intelectuales más brillantes. La prosa de Horkheimer y Adorno es mucho más pesada, y nadie duda que su formación filosófica había sido más profunda. Pero las ideas avanzadas en su Dialéctica de la Ilustración son un eco de las de Macdonald. Lo mismo puede decirse de los escritos de la misma época, de los teóricos del "capitalismo de Estado" como Dunayevskaya, CLR James y Cornelius Castoriadis. Este último fue el fundador de la revista francesa Socialisme ou Barbarie, que iría a ejercer una influencia considerable en el desarrollo del pensamiento posmodernista.

Leer sus escritos a la luz de los acontecimientos políticos que siguieron, es quedar boquiabierto con su miopía y superficialidad. En sus análisis de la Unión Soviética nada les parecía más poderoso que la burocracia estalinista. Descartaron con burla irrisoria el programa trotskista y a la perspectiva de la revolución política. La burocracia representaba una fuerza social nueva y poderosa que el marxismo no había anticipado. Como escribiera Castoriadis:

"El hecho que la burocracia salió de la guerra no debilitada sino con una fuerza considerable, que ésta extiende su poder por toda Europa Oriental y que regímenes similares al régimen ruso en todo aspecto están en proceso de establecerse como protectorados del PC, inevitablemente nos hace considerar a la burocracia no como 'estrato parasítico', sino como clase dominante y explotadora, lo que ha sido comprobado, además, por un nuevo análisis de la economía y sociología del régimen ruso."[12]

La atribución de un papel histórico único a la burocracia acompaña el rechazo de la clase obrera como fuerza revolucionaria. Con una arrogancia y cinismo típicos, Castoriadis declara:

"…La verdad de las escrituras sagradas de la Biblia se comprueban por medio de la revelación; y la prueba de que la revelación ha ocurrido es que los escritos dicen así. Es un sistema de autocomprobación. Similarmente, la obra de Marx, en intención y espíritu, triunfa o cae con lo siguiente: El proletariado es, y se manifiesta a sí mismo como, la clase revolucionaria que está a punto de cambiar al mundo. Si tal no es el caso-y no lo es-la obra de Marx otra vez se convierte en lo que realidad siempre fue: un intento (difícil, oscuro y profundamente ambiguo) de considerar a la historia y a la sociedad con la perspectiva de su transformación revolucionaria; y debemos reanudar todo tomando como punto de partida nuestra propia situación actual, que acertadamente incluye al mismo Marx y a la historia del proletariado como componentes."[13]

Las secuelas de la Segunda Guerra Mundial impulsaron el desarrollo entre grupos de intelectuales pequeño burgueses de una perspectiva política creciente y conscientemente antimaterialista, antimarxista, antitrotskista, antisocialista y antiproletaria. Era una perspectiva muy preocupada con la opinión de otros. A medida que el dominio capitalista en Estados Unidos y Europa Occidental se estabilizaba de nuevo y la burocracia soviética consolidaba su posición, la pequeña burguesía no sólo trataba de desarrollar los conceptos intelectuales, sino también elaborar el programa político que mejor defendiera sus propios intereses en la posguerra. Dentro de la Cuarta Internacional ese proceso social, político e intelectual dio luz a la corriente pablista entre 1949 y 1953.

Hegel observó que "la lechuza de Minerva vuela al caer el crepúsculo"[14]. Sólo durante una etapa avanzada del desarrollo histórico se puede identificar, con mucha más precisión que fuera posible en las décadas de los 1950 y 1960, las fuerzas sociales que fertilizaron el brote del revisionismo dentro de la Cuarta Internacional. No se trataba de gente confusa que cometía errores políticos desafortunados. Más bien, los "errores" teóricos y políticos de Michel Pablo y Ernest Mandel -los adversarios más importantes del trotskismo ortodoxo (que es la expresión política del marxismo revolucionario)- son una expresión de los procesos sociales y económicos que ocurrieron después de la Segunda Guerra Mundial. A través de la tendencia conocida como pablismo la pequeña burguesía trató de adueñarse de la Cuarta Internacional y utilizar el prestigio de esa organización para fomentar sus propios intereses. La publicación de la "Carta Abierta" de Cannon, la ruptura con el Secretariado Internacional pablista y la fundación del Comité Internacional de la Cuarta Internacional en noviembre 1953, fueron medidas tomadas en defensa propia y necesarias para prevenir la liquidación del movimiento trotskista internacional.

Los sucesos de 1953 iniciaron en la Cuarta Internacional una guerra civil duraría treinta y dos años. Se encuentra la fuente de las enormes dificultades que encaraban los defensores del trotskismo en que estaban en juego por todo el mundo los intereses de verdaderas fuerzas sociales. La lucha ocurriría bajo condiciones objetivas muy desfavorables para los partidarios de la línea revolucionaria anclada en los intereses de la clase obrera. Mantengan en mente las fuerzas internacionales que participaban: los regímenes estalinistas en la URSS y Europa Oriental; el régimen maoísta en China; los movimientos nacionalistas del "Tercer Mundo"; y, en los países más desarrollados, las burocracias estalinistas, socialdemócratas y sindicalistas, además de la capa pequeña burguesa relativamente privilegiada en expansión en las universidades y en profesiones bien pagadas.

La facción de los trotskistas ortodoxos dentro del Comité Internacional se redujo a una pequeña minoría. La mayoría de las secciones de la Cuarta Internacional siguieron a la corriente pablista. También se autoliquidaron a al unirse al medio ambiente del estalinismo y el radicalismo pequeño burgués. El CICI sufría de gran inestabilidad a la vez que resistía la presión ejercida por tantas fuerzas políticas, .

Muchos de aquellos temas políticos que llegarían a definir lo que ahora llamamos, con justificación, la política seudoizquierdista de las décadas de 1980, 1990 y 2000 -temas en órbita alrededor del individualismo y de la vida bohemia- surgen dentro de los círculos pablistas y dentro de la izquierda pequeño burguesa en el periodo de 1950 y 1960. Esta fue la época en la que se celebraba la sicología freudiana, sobre todo tal como la interpretaba Marcuse, como alternativa Marx y al materialismo. Marcuse rechazaba con su pesimismo la capacidad revolucionaria de la clase obrera; permitía, y hasta exigía, alternativas a la lucha de clases como base para la liberación personal en una sociedad opresora y presuntamente omnipotente. Halló, particularmente en las universidades, muchos seguidores entusiastas. El bien conocido libro de Theodore Roszak, El Nacimiento de una contra cultura (The Creation of a Counterculture en inglés, publicado en 1968, ), expresa el temperamento intelectual de esa época. Escribe con euforia acerca los adelantos hechos por Marcuse y Norman Brown (autor de El cuerpo del amor (Love's Body) que rebasan a los de Marx:

"Por otra parte el tono en que hablan Marcuse y Brown de liberación es claramente no marxista. Para Marcuse, consiste en la realización de un sentido erótico de la realidad, un yo dionístico. Cuando se esfuerzan en aclarar esos ideales, no tienen más salida que la teórica y echan mano de la imaginaría del mito y la poesía. Tocan teclas que habían estado escandalosamente ausentes de toda la literatura ideológico social e incluso de las ciencias sociales…

Mitos, religiones, sueños, visiones… en esas oscuras aguas pescaba Freud para encontrar su concepción de la naturaleza humana. En cambio, Marx no tenía paciencia para soportar toda esta temática oculta. Por el contrario, prefirió derrochar sin desmayo hora tras hora con las estadísticas industriales de los 'Blue Books' británicos, en que el hombre apenas aparece de otra manera que como homo economicus, homo faber

… Marx, el moralista iracundo, el profeta ardiente del destino, el intelectual pobre y vagabundo, ¿qué tiempo vivió, qué crisis, tensiones y urgencias presenció sino para pensar en el hombre como homo economicus, explotado y triste [17]

Roszak escribió en otra obra que Freud entendía que las batallas decisivas por el futuro de la humanidad no se luchaban en el campo de la lucha de clases, sino en el cuerpo humano.

Durante la década de los 1960 hubo una radicalización muy grande de la juventud de la clase media. Muchos de estos jóvenes se identificaban a sí mismos con el socialismo y el marxismo. Para ellos esas palabras tenían un significado muy diferente a lo que significaban para el marxismo clásico. En verdad no viene al caso si se creían a sí mismos marxistas. Sin saberlo, su rechazo teórico al marxismo clásico-que trataban de disfrazar de críticas al materialismo presuntamente "vulgar"-meramente repetía un análisis antiguo subjetivo e idealistas con raíces que datan de la década de los 1890, cuando el marxismo se había convertido, modelado por el Partido Social Demócrata de Alemania, en un movimiento político de las masas obreras.

El año mil novecientos sesenta y ocho marca una coyuntura decisiva en la evolución intelectual y política del movimiento estudiantil radical. Fue un año de enormes manifestaciones contra la guerra imperialista en Vietnam, y contra otros agravios sociales. El punto cumbre de las manifestaciones fue el movimiento estudiantil que estalló en Francia. Los eventos de mayo y junio 1968 comenzaron con una huelga de los estudiantes que resultó en la invasión por la policía de la universidad Sorbona. Esa sangrienta agresión desencadenó una inmensa intervención de la clase obrera francesa en las manifestaciones contra el gobierno del presidente Charles de Gaulle. Casi del día a la mañana, el movimiento de las masas obreras arrolló al de los estudiantes y planteó la posibilidad de derrocar no sólo a de Gaulle, sino al capitalismo francés.

Todas las protestas pequeño burguesas quedaron postradas ante al fantasma de la revolución proletaria. Fábricas por todos los rincones de Francia alzaban banderas rojas. La economía del país quedó paralizada. De Gaulle se encontraba visitando a Rumania. Regresó y descubrió para que su régimen se desintegraba. Tuvo que viajar urgentemente para consultar con sus generales, quienes se encontraban en viaje a Baden, Alemania, e indagar si podían movilizarse para marchar sobre París. Estos le contestaron que no podían asegurarse de la lealtad de las tropas que comandaban. Para ponerle orden a la situación todo dependió del Partido Comunista Francés y de los estalinistas que controlaban la federación de sindicatos obreros (Confédéracion generale du travail, CGT). Fracasó su primer intento de ponerle fin a la huelga general. Charles Séguy, dirigente de la CGT, había aparecido ante los trabajadores de la fábrica más grande, Renault. Los obreros lo abuchearon. Finalmente Partido Comunista y la CGT sí lograron traicionar la huelga; ésta terminó. Se salvó la clase gobernante francesa de una revolución.

Cuando la clase obrera se lanzó a la huelga general, abrumó al movimiento pequeño-burgués que se disolvió. De la noche a la mañana, la clase obrera había demostrado su capacidad revolucionaria; sin embargo, aún permanecía bajo la dirección del Partido Comunista. La experiencia traumatizó a amplias capas de los intelectuales franceses. Los paralizó el miedo. Se preguntaron, "Pero por Dios, ¿con qué estamos jugando? Varias manifestaciones aquí y allá…vaya y pase. Pero, ¿derrocar al capitalismo? ¿La dictadura del proletariado? ¡Dios mío, qué Dios no lo permita!" Así fue que en el transcurso de mayo y junio del 1968, los intelectuales pequeño burgueses llegaron al borde del abismo y se aterrorizaron. Su encuentro con la revolución los empujó hacia la derecha.

La generación de "filósofos nuevos" (noveaux philosophes), cuyos representantes más conocidos habían sido Jean-François Revel y Bernard-Henry Levy, se volcaron al anticomunismo so pretexto el lema hipócrita de los "derechos humanos". Otro grupo de filósofos -algunos de los cuales o habían sido capacitados teóricamente por el estalinismo o habían estado asociados con Socialisme ou barbarie- justificaron su repudio del marxismo con las fórmulas intelectuales nihilistas del posmodernismo.

También aquellas tendencias que se autodenominaban izquierdistas enfáticamente repudiaron al marxismo clásico, sobre todo a la insistencia marxista sobre el papel revolucionario de la clase obrera. Como teórico del anarquismo "posestructuralista" contemporáneo, Saul Newman admite lo siguiente: "La izquierda nueva que surge en mayo 1968, es una izquierda posmarxista, o por lo menos una izquierda que pone en tela de juicio muchos de los principios centrales de la teoría marxista leninista, sobre todo la importancia primordial del partido, la veracidad del materialismo dialéctico e histórico, y el estatus esencial y universal del proletariado."[18]

Es impresionante que ese rechazo a la clase obrera sucediera justo en medio del movimiento de la clase obrera más grande y más sostenido desde la Revolución Rusa. La militancia obrera afectó y se extendió por toda Europa, América del Sur, y Norteamérica. El poderoso movimiento de la clase obrera entre 1968 y 1975 reveló de la manera más nítida posible, el problema fundamental de dirección revolucionaria. Fue ése el momento preciso cuando la izquierda pequeño burguesa decidió proclamar el fracaso de la teoría marxista y de la perspectiva de la revolución proletaria. El famoso teórico izquierdista francés, André Gorz, escribió un libro bajo un título provocativo y arrogante: Adiós al Proletariado (más allá del socialismo). donde dice que aunque es posible 'buscar, ciertamente, el fundamento de la teoría marxista del proletariado,' esa búsqueda 'no tiene de lo real más que los signos que la confortan'.[19]

Jean-François Lyotard, ex militante del Partido Comunista, anunció la llegada de la época del posmodernismo, al que definió como una "incredulidad profunda hacia todas las metanarrativas." Para Lyotard una "metanarractiva" era el enfoque que se le daba a la historia como proceso gobernado por leyes. La metanarrativa más fundamental fue la que Marx y Engels elaboraron con su concepto materialista de la historia. En el Siglo XX, la "metanarrativa" más duradera de todas fue la que Trotsky presentó en su Historia de la Revolución Rusa, que explica el derrocamiento del zarismo como consecuencia histórica y necesaria de las contradicciones del capitalismo internacional. Para refutar este análisis era necesario atacar todos los elementos centrales del concepto materialista de la historia. Como lo ha notado recientemente un especialista en la historia de las ideas, "el marxismo es indiscutiblemente el blanco más frecuente, aunque no siempre el más explícito, de las críticas posmodernistas del modernismo."[20]

Un estudio de la historia de las ideas -sobre todo del repudio explícito y creciente de las bases filosóficas del programa revolucionario del marxismo- es una necesidad vital para comprender las experiencias políticas de la Cuarta Internacional.

La Liga Obrera (Workers League, sección norteamericana del CICI) se desarrolló en la lucha contra la traición del trotskismo por el Partido Socialista de los Trabajadores estadounidense (Socialist Workers Party, SWP). Cuando repasamos esta historia, tenemos la tendencia de enfatizar los temas teóricos y políticos que le fueron fundamentales a esta lucha. No obstante, la lucha no ocurrió en un vacío; tuvo su elemento sociológico. El partido trató de toda manera posible mantener una clara perspectiva política hacia la clase obrera; orientación que es imposible sobreestimar. Un proceso de diferenciación política y social dominó los primeros años del partido. El crecimiento considerable de la Liga Obrera entre 1970 y 1973 inevitablemente condujo a una severa crisis política. Muchos reclutas provenían de las corrientes de protesta y del radicalismo pequeño burgués. El mismo Tim Wohlforth, secretario nacional de la Liga Obrera había venido del movimiento de Shachtman.

A medida que el movimiento antiguerra pequeño burgués se desmoronaba luego de la Guerra de Vietnam, las consecuencias de las divisiones sociales dentro de la Liga Obrera se acentuaban más y más. De ninguna manera determina directamente su historial social la evolución de un individuo cualquiera; sin embargo, la grave pérdida de militantes durante 1973-1974 -aunque empeorada por el comportamiento ruinoso de Wohlforth y de su compañera Nancy Fields- resultó ser un reflejo de un proceso social y político muy profundo. Sectores de la clase media radicalizados durante los años 60 ansiaban regresar a su viejo y conocido medio ambiente social. Al tomar ese camino retornaban a la órbita de la política burguesa.

El movimiento hacia la derecha de la clase media afectó profundamente tanto a la Liga Obrera como al Partido Revolucionario de los Trabajadores inglés (Workers Revolutionary Party, WRP). En los Estados Unidos, la Liga Obrera, pudo superar la crisis que causó la deserción de Wohlforth mediante un análisis sistemático de las diferencias teóricas y políticas que subyacían al conflicto. En contraste, en Gran Bretaña los temas políticos que surgieron de la batalla con

Alan Thornett nunca fueron analizados o comprendidos. Por consiguiente, no obstante tajantes medidas organizativas contra Thornett, no fueron aclaradas las presiones sociales y políticas que esa corriente expresaba . El WRP en particular nunca logró analizar el conflicto con Thornett en el contexto del antecedente histórico de la lucha contra el pablismo. Por lo tanto, la influencia de elementos pequeño burgueses que se movían hacia la derecha crecía dentro del WRP; influencia que se expresaría en una línea política cada vez más oportunista, con resultados explosivos en 1985.

Sin embargo, las críticas teóricas y políticas que la Liga Obrera había estando elaborando en el periodo 1982 a 1985 habían preparado al Comité Internacional para esta crisis. La crítica contra el oportunismo del WRP se ganó el apoyo de una decisiva mayoría de las secciones del CICI. En diciembre, 1985, el Comité Internacional suspendió a la membresía del WRP. Así concluyó con la victoria de los trotskistas ortodoxos la guerra civil de 32 años dentro de la Cuarta Internacional, conflicto que había comenzado con el lanzamiento de la Carta Abierta en 1953

La escisión que ocurrió en el otoño de 1985 fue definitiva, tanto en el sentido político como en el social. Los miembros del WRP que se opusieron al Comité Internacional ya estaban en proceso de romper decisivamente con todo su pasado político y con sus vínculos personales con el socialismo revolucionario. Ni a los dirigentes del WRP ni a sus partidarios les interesó debatir problemas de perspectiva política socialista o los intereses de la clase obrera. Muchos de los seguidores de Banda y Slaughter tenían síntomas de algún tipo de histeria. Traté de describir esto en El patrimonio que defendemos (The Heritage We Defend) :

En octubre 1985 estallaron dentro del WRP todos los resentimientos reprimidos de la clase media. Se convirtió en liquidación política la cólera subjetiva de esta pequeña burguesía -dirigida por una heterogénea pandilla de catedráticos universitarios semijubilados- desilusionada y amargada, desencantada de todos los años de duros esfuerzos sin resultados, insatisfecha con su situación personal, ansiosa de recuperar el tiempo perdido o simplemente enferma y cansada de todo el hablar de revolución. El escepticismo que infectaba a importantes sectores del partido fue la expresión de una poderosa tendencia social dentro del Workers Revolutionary Party. Sus raíces no se encontrarían en los errores subjetivos de los dirigentes del WRP, sino, de manera mucho más fundamental, en cambios objetivos en las relaciones entre las clases.[21]

Cliff Slaughter solía enojarse -en el otoño de 1985- con los que trataban de explicar acontecimientos dentro del partido en términos clasistas. En cierto momento dijo estar "harto de la gente que trata de explicar las fuerzas de la clase que ellos mismos representan". Cierto que Slaughter no quería hablar de las fuerzas de clase que él representaba; tenía buena razón. El rótulo de la "moralidad revolucionaria" que utilizó en 1985 para justificar su deshonestidad sirvió de puente hacia posiciones proimperialistas supuestamente basadas en los "derechos humanos". En el transcurso de menos de una década los militantes de esa organización colaborarían en la invasión de los Balcanes con la OTAN

En 1985, justo cuando la lucha dentro del Comité Internacional llegaba a su zenit, Ernesto Laclau y Chantal Nouffe completaban su obra principal, Hegemonía y estrategia socialista publicada en inglés por Verso, editorial principal de la corriente pablista.

Ese libro tuvo una influencia enorme entre los posmodernistas y los posestructuralistas. Aunque en aquella época no conocíamos sus obras (quizás Slaughter tampoco las conocía), los conceptos de Laclau y Mouffe pudieron haber funcionado de plataforma teórica para el WRP. Escribieron lo siguiente:

"Lo que está actualmente en crisis es todo el concepto total de un socialismo basado en la centralidad metafísica de la clase obrera, en la revolución con R mayúscula, en la transición de un tipo de sociedad a otro, incluso en la expectativa ilusoria de una colectividad perfectamente unida y homogénea que niegue la posibilidad de la política…

"¿No es el caso que, al limitar las pretensiones y el área de validez de la teoría marxista, nos desligamos de un elemento profundamente inherente de dicha teoría: de sus aspiraciones monistas de captar, con sus categorías, la esencia o el significado subyacente de la historia? La respuesta sólo puede ser un sí. Para discutir hasta que punto son válidas las categorías marxistas debemos primero negarle la franquicia a toda teoría del conocimiento que se base en el concepto metafísico exclusivo de 'clase universal'. Hay que declarar de manera simple y directa que actualmente estamos en el campo del posmarxismo. Ya no es posible sostener los conceptos marxistas de subjetividad y de clases, tampoco la visión marxista de la trayectoria histórica del desarrollo capitalista, ni aún la idea del comunismo como sociedad abierta y sin antagonismos."[22]

En los Estados Unidos y a través del mundo la extrema polarización social ha caracterizado a estos últimos 25 años. Como nos podríamos imaginar, economistas y sociólogos concentran su atención principalmente en la asombrosa concentración de riqueza extrema en el uno por ciento más rico de la población. Al mismo tiempo, como señala la primera resolución de este congreso del PSI, durante las últimas décadas, una capa importante de la clase media superior se ha enriquecido considerablemente. Este sector acomodado no posee nada que se parezca a la fortuna del cinco por ciento más rico. En relación a la clase obrera, sin embargo, le ha estado yendo muy bien. A través del tiempo ese proceso fue la causa de que este estrato social relativamente adinerado -del que proviene la izquierda pequeña burguesa- se enajenara material, ideológica y políticamente de la clase trabajadora.

El proceso político que ahora analizamos no es simplemente el resultado de incongruencias teóricas. Estimulado por la propia creciente y considerable riqueza de la izquierda pequeña burguesa, el escepticismo que ésta siempre ha llevado a cuestas sobre la potencialidad revolucionaria de la clase obrera ahora adquiere características socio económicas y políticas nuevas y bien definidas. La izquierda acomodada ya no logra ocultar su hostilidad contra los obreros detrás de un vacuo palabrerío seudo socialista. Sus ideólogos se ven obligados pregonar sin pelos en la lengua una política "izquierdista" que excluye a la clase obrera de todo papel independiente o revolucionario. Sus intereses económicos se concentran más y más en lograr una distribución más favorable de la riqueza y los privilegios dentro del diez por ciento más rico de la sociedad. Cada vez más se incorpora a las estructuras políticas que la clase dominante le permite.

Saúl Newman explícitamente demanda una nueva forma lucha política, supuestamente de izquierda que:

"disienta de la noción marxista de lucha proletaria: que no se base más en la subjetividad primordial de la clase obrera. Aunque organizaciones obreras tradicionales participen de manera importante en esa lucha, este movimiento ya no es inteligible bajo el sello de la lucha de clases".[23]

El programa político del PSI y del Comité Internacional le hace la guerra intransigente a la seudoizquierda en Estados Unidos y en todo el mundo. Para nosotros las luchas del proletariado son centrales; en eso basamos nuestra perspectiva política. La clase obrera no es un mero elemento entre muchos que se oponen al capitalismo. Es la fuerza revolucionaria social decisiva en su contra. Le toca a este partido orientar todas sus fuerzas para preparar la dirección y tomarle el mando a las luchas de la clase obrera. Insistimos en que la lucha revolucionaria es realista y sólo es 'inteligible' en el contexto del 'sello' de la lucha de clases. Sobre estos cimientos el PSI luchará para adquirir influencia entre los trabajadores y jóvenes en este nuevo período en que más se intensifican los conflictos entre las clases.

1. Greta R. Krippner, Capitalizing on Crisis: The Political Origins of the Rise of Finance (Cambridge: Editorial Harvard University Press, 2011), pág. 4.

2. León Trotsky, Los primeros cinco años de la Comunista Internacional, vol. 1 (Londres: Editorial New Park, 1973), pág. 138

3. V.I. Lenin, Two Worlds, Collected Works, vol. 16 (Moscú: Editorial Progreso, 1977), pág. 311.

4. Para leer el documento en español, haga clic en:
5. http://www.marxists.org/espanol/trotsky/1938/prog-trans.htm

6. Hegel; Ciencia de la Lógica; páginas 488 y 489; haga clic en:
7. http://www.scribd.com/doc/17859976/Hegel-Ciencia-de-La-Logica-Competa

8. North, David; Leon Trotsky and the Development of Marxism; Detroit, 1985; páginas 18 y 19;

esta cita aparece también en:
North, David; Marxism, History & Social Consciousness; Mehring Books: Detroit, 2007; páginas 26 y 27.

9. New Parties of the Left: Experiences from Europe, by Bensaïd, Sousa, et.al (London: Resistance Books, 2011), p. 40 (nuestra traducción del ingles)

10. Rizzi, Bruno; The Bureaucratization of the World; New York; The Free Press; page 69 [nuestra traducción del ingles]
11. (En español el título del libro es; La burocratización del mundo; Barcelona; Ediciones Península1980.)

12. Trotsky, León; En Defensa del Marxismo; Madrid; Akal Editor; 1978; página 17; (traducido por María Jesús Miranda)

13. Dwight Macdonald ; The Root is Man; Brooklyn, NY; Automedia, 1995; páginas 38-39 [nuestra traducción del inglés]

14. Ibídem, , pp. 61-65. [nuestra traducción del inglés]

15. The Castoriadis Reader (Oxford, Blackwell, 1997), p. 2. (nuestra traducción del inglés)

16. Ibídem, p. 28

17. Georg Hegel; Filosofía del Derecho; Editorial Claridad, Buenos Aires; prólogo

18. Theodore Roszak, El Nacimiento de una contra cultura Barcelona, editorial Kairós 2005, página 113

19. Ibídem, , páginas 106-107

20. Ibídem, , página 114

21. Saul Newman, Unstable Universalities: Poststructuralism and Radical Politics (Manchester: Manchester University Press. 2007), p. 179. (nuestra traducción del inglés)

22. André Gorz, ; Adiós al proletariado (Mas allá del socialismo); Ediciones 2001; Barcelona; página 29
23. (haga clic en: http://www.scribd.com/doc/102871690/1980-Andre-Gorz-Adios-al-proletariado-Mas-alla-del-socialismo )

24. David West, Continental Philosophy: An Introduction (Cambridge: Polity, 2010), p. 214. (nuestra traducción del inglés)

25. David North; The Heritage we Defend; (Detroit: Labor Publications, 1988), pp. 13-14. (nuestra traducción del inglés)

26. Ernest Laclau y Chantal Mouffe; Hegemony and Socialist Strategy; London: Verso, pp. 2-4. (nuestra traducción del inglés)

27. Esta obra fue publicada en español con el título Hegemonía y Estrategia Socialista; editorial Siglo XXI, Madrid, 1987

28. Unstable Universalities, p. 176.

 



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