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Honduras: La construcción de la "democracia" de los escuadrones de la muerte

Por Bill Van Auken
15 Febrero 2010

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Con la restauración de relaciones diplomáticas, asistencia y crédito por parte de los principales gobiernos e instituciones financieras del mundo, Honduras se prepara a ser recibida en el grupo de naciones "democráticas", a pesar de mantener en sus puestos a los organizadores del golpe de estado del año pasado y la continuación de las actividades de los escuadrones de la muerte.

El gobierno de Obama está a la cabeza de los que afirman que las elecciones de noviembre, realizadas bajo condiciones de estado-de-sitio, y la reciente inauguración de Porfirio "Pepe" Lobo como presidente, han borrado todos los pecados del pasado. Para Washington, el derrocamiento militar del presidente hondureño Manuel Zaleya y la represión que le siguió son eventos que pertenecen al olvido.

A inicios de febrero, el ministro de seguridad hondureño Oscar Álvarez se reunió con el embajador norteamericano Hugo Llorens para firmar un acuerdo bilateral que permitirá reanudar la ayuda militar estadounidense a las fuerzas armadas y la policía del país centroamericano. En julio de 2009, el gobierno de Obama había retenido $16.5 millones en ayuda militar al gobierno golpista de Roberto Micheletti como una de las pocas medida inconsecuentes impuestas en respuesta al derrocamiento de Zelaya.

La semana pasada, la secretario de estado Hillary Clinton llamó a Lobo para anunciarle que también se reanudarían los programas de ayuda civil y para felicitarlo por trabajar para la "unidad de la sociedad hondureña".

También llegaron a Tegucigalpa una delegación de alto rango española y funcionarios del gobierno francés anunciando que las relaciones con París se reanudarían pronto. La Organización de Estados Americanos está considerando readmitir a Honduras, que fue expulsada después del golpe.

Finalmente, el Banco Mundial anunció el miércoles que restauraría los préstamos congelados a partir del golpe, aumentando la cantidad ofrecida de $270 millones a $390 millones, asegurando así un mayor endeudamiento del empobrecido país y una nueva ola de medidas de austeridad y ataques contra los ya miserables estándares de vida de los trabajadores hondureños.

La supuesta transformación democrática que hizo todo esto posible ocurrió el 27 de enero, con la inauguración del candidato del derechista Partido Nacional. Tal como Zelaya, Lobo es un producto de la oligarquía terrateniente. A inicios de su carrera política apoyó al estalinismo, estuvo activo en el Partido Comunista hondureño y fue educado en la Universidad Patricio Lumumba en Moscú.

En su más reciente encarnación política, Lobo es un partidario de la pena de muerte, del desarrollo económico basado en el libre mercado y las maquiladoras. También es un leal aliado de Washington.

El ascenso al poder de Lobo, en lo que representa una legitimización del golpe del 28 de junio, fue preparado mediante una larga secuencia de maniobras políticas y negociaciones involucrando al gobierno de Obama, Zelaya, el régimen golpista y secciones de la burguesía latinoamericana.

Al inicio Zelaya contó con el respaldo de Barak Obama para reinstaurarlo en el poder. Igual que Hugo Chavez en Venezuela, aceptó como moneda fiel la palabra de Obama de "mutuo respeto" entre EE.UU. y América Latina. En realidad, esta retórica sólo disimulaba una política más agresiva del imperialismo norteamericano para con la región, política que incluía el apoyo secreto del Pentágono y las agencias de inteligencia norteamericanas al golpe hondureño.

Recientemente, el director de inteligencia nacional de Obama, Dennis Blair, delineó los objetivos de los EE.UU. en un testimonio ante el Comité de Inteligencia del Senado. Blair acusó a Chavez de forjar una "alianza antinorteamericana" en América Latina y de querer "minar los gobiernos pronorteamericanos". Con satisfacción notó, sin embargo, que la influencia de Chavez podría haber "llegado a su tope", indicando que recientemente Honduras había dejado la "alianza".

Zelaya aceptó las condiciones impuestas por Washington en las negociaciones orquestadas por su principal aliado en Centroamérica, el presidente costarricense Oscar Arias. Estas incluían su retorno al poder como presidente títere en un gobierno de "reconciliación nacional" dominado por políticos de derecha y los militares que los derrocaron.

Al fin de cuentas, los organizadores del golpe no mostraron interés en esa solución. Con el apoyo de funcionarios de los EE.UU., propusieron otro "compromiso" que condicionaba el retorno de Zelaya a un voto del Congreso y una recomendación de la Corte Suprema hondureños. Con ambas instituciones habiendo respaldado el golpe, como era de esperarse, éstas aprobaron la decisión impuesta por la oligarquía hondureña de no permitir el retorno de Zelaya, ni siquiera por un día.

Un día antes de la inauguración se saldaron todas las cuentas: la Corte Suprema dictaminó que los militares golpistas habían actuado para preservar la paz, a la vez que Zelaya salía de la embajada brasileña, donde había pasado más de cuatro meses en su segundo exilio; esta vez se dirigió a la República Dominicana.

Así como Zelaya subordinó su intento de regresar al poder a las decisiones de Washington, los líderes del movimiento de masas que surgió en oposición al golpe también subordinaron las luchas de los trabajadores, campesinos y jóvenes hondureños detrás de Zelaya, en un intento fútil de buscar un "diálogo" con los líderes golpistas.

A pesar del heroísmo de los trabajadores hondureños al enfrentar una represión viciosa, las políticas fraudulentas de los líderes del Frente Nacional de Resistencia llevaron a este poderoso movimiento hacia un callejón sin salida, dejando a las masas desarmadas para enfrentarse a la capitulación de Zelaya y a la farsa de la "democracia" usada para que los golpistas consoliden su poder el nuevo presidente Lobo.

Ahora, César Ham, el líder del "izquierdista" Partido de Unificación Democrática, que era uno de los principales colaboradores de Zelaya, ha aceptado unirse al gobierno de Lobo. De esta manera le permite presentarse como un régimen de "unidad y reconciliación nacional".

Mientras Washington y otros gobiernos alaban las credenciales democráticas de Lobo, continua la represión con secuestros, torturas y asesinatos de trabajadores, periodistas y otras personas que se opusieron al golpe.

En un caso reciente, Vanesa Yaneth Zepeda, una enfermera de 29 años y madre de tres, activa en las manifestaciones contra el golpe, desapareció el 2 de febrero. Dos días después fue encontrada sin vida al ser arrojada de un auto en Tegucigalpa.

La consolidación "democrática" del golpe en Honduras es una seria advertencia para los trabajadores en toda Latinoamérica y a través del mundo. En momentos que se profundiza la crisis económica global, la élite dirigente del mundo capitalista está preparada a deshacerse de todas las formas de gobierno democrático con el fin de utilizar una violencia letal contra cualquier reto a sus intereses.

Los eventos de Honduras, una vez más, han demostrado que los trabajadores en América Latina no pueden conducir su lucha si se mantienen políticamente subordinados a la supuesta "izquierda" y a los representantes nacionalistas de la burguesía, como lo son Zelaya y Chavez. Aquellos que se autodenominan "socialistas" y promueven ilusiones en estas personas, están desarmando a la clase obrera y preparando derrotas aún mayores. La única manera de salir adelante para los trabajadores latinoamericanos es luchando por su independencia política de todas las secciones de las élites dirigentes y uniéndose en una lucha común por gobiernos de trabajadores y por la transformación socialista de todo el hemisferio.

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