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Precisamente antes de los Estados Unidos lanzar la guerra contra Irak, el 2003 nos plantea tremenda problemática política

Por la Junta Editorial
9 Enero 2003

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El 2003 comienza con la guerra inminente y una crisis económica que se intensifica. En pocas semanas, las bombas estadounidenses arrasarán con la indefensa población iraquí.

La declaración de Bush que todavía no ha decidido lanzar la invasión es tan falsa como cínica. La Casa Blanca ya ha autorizado el ataque militar, tal como lo muestra bien claro el enorme despliegue de las fuerzas militares estadounidenses en el Golfo Pérsico. Decenas de miles de tropas están desembarcando en la región; los acompaña una armada naval que cuenta con las armas más modernas y mortíferas. Las respaldan cientos de aviones de guerra. Las actividades militares especiales ya van bien avanzadas, sobretodo en la región kurda en el norte de Irak. El bombardeo de las llamadas “zonas de no vuelo” se han intensificado.

No hay nada que Baghdad pueda hacer, inclusive liquidar a Saddam Hussein, para evitar la invasión estadounidense. Los comentarios de Bush acerca de las infracciones iraquíes de las resoluciones de la ONU son un pretexto obvio. El objetivo de Washington no es “desarmar” a Irak, o siquiera sacar a Saddam Hussein del poder; más bien es la ocupación del país para apoderarse de sus campos petrolíferos.

No importa cual sea el resultado inmediato de la guerra, el gobierno de Bush está poniendo en marcha procesos que causarán convulsiones no sólo en el Oriente Medio, sino en todos los rincones del mundo. La guerra ha de enfurecer la opinión pública internacional aún más, y ello ha de resultar en represalias violentas contra los soldados y civiles estadounidenses que se encuentran en el exterior y dentro del país.

En el mismo Irak, la embestida violenta de los Estados Unidos provocará la oposición implacable. Las masas iraquíes con toda la razón considerarán que las tropas militares estadounidenses son invasores y opresores coloniales.

La misma justificación que guía la guerra contra Iraq inevitablemente conducirá a guerras contra Irán, Siria y otras naciones de la región. La campaña de los Estados Unidos para dominar más y más los abastecimientos mundiales del petróleo terminará en conflictos bestiales con naciones más poderosas, inclusive Rusia, China, y los otros grandes poderes rivales de Europa y Japón. La conquista estadounidense de Irak iniciará un proceso cuya última consecuencia será la tercera guerra mundial.

Las desastrosas insinuaciones de los planes bélicos de los Estados Unidos ya se pueden ver en las consecuencias que la invasión de Afganistán ha producido. Un año después de la caída del régimen de los talibanes, la población del país, furiosa, sigue atacando los soldados estadounidenses. La intervención estadounidense en Asia central ha envenenado aún más las relaciones entre la India y Pakistán, ambos quienes poseen armas nucleares. No obstante los esfuerzos de la dictadura Pakistán para apaciguar a los Estados Unidos, las tensiones entre Washington e Islamabad van empeorando bajo una situación en que la población ha dirigido su intensa ira, por medio de manifestaciones cada vez mayores, contra los Estados Unidos y el régimen de Musharaf. Ya han ocurrido varios choques fronterizos entre fuerzas estadounidenses y pakistaníes.

La incitación a la guerra que el gobierno de Bush promueve ha ocasionado la intensificación de las tensiones en la península coreana. La retórica incendiaria y las acciones provocadoras de Washington han hecho que Pyongyang adopte medidas contrarias que plantean el peligro de la guerra nuclear. Por otra parte, titánicas manifestaciones anti Estados Unidos tambalean a Corea del Sur.

El gobierno de Estados Unidos se prepara a lanzar una ola de violencia militar por todo el mundo; violencia que no hemos presenciado desde las décadas del 30 y 40. El paralelo histórico que más se parece a la política exterior del gobierno de Bush—es decir, en su dependencia desvergonzada de la fuerza bruta y la agresión—es el de los nazis.

¿Qué cualidades destacaban la política exterior del imperialismo alemán bajo Hitler? La expansión perpetua del ciclo de agresión militar cuyas primeras víctimas fueron los países débiles que no podían ofrecer resistencia al Wehrmacht. La ocupación de naciones, el derrocamiento de gobiernos, la instalación de regímenes títeres. La maquinación de pretextos burdos para justificar guerras preventivas y no provocadas. El desprecio desnudo de las leyes internacionales y la violación de las normas diplomáticas tradicionales. En fin, una política de robo y saqueo.

De cualquier punto de vista que se considere, no hay ninguna diferencia fundamental entre los métodos que los regímenes fascistas usaron contra el mundo durante las décadas del 30 y el 40—fuese el estupro de Etiopía por Italia o la conquista alemana de Polonia—y los del gobierno de Bush.

Actualmente el mundo presencia una nueva explosión del imperialismo en su forma más violenta. El gobierno de Bush ha emprendido la subyugación de regiones enteras del planeta con tal de satisfacer los deseos de la clase gobernante estadounidense para monopolizar los recursos esenciales, dominar los mercados mundiales y apoderarse de nuevas fuentes de mano de obra super explotada y barata.

Razones de la guerra

La intensificación de las tensiones en la península coreana ha tenido un beneficio político: ha desenmascarado completamente los pretextos para justificar la invasión de Irak. El gobierno de los Estados Unidos sostiene que la guerra se justifica porque Irak está construyendo armas para la destrucción de masas y desafiando las resoluciones de la ONU. Ha reclamado lo mismo contra Corea del Norte, pero, en sus reacciones públicas, ha llegado a conclusiones radicalmente diferentes.

Saddam Hussein se encuentra cooperando con las inspecciones de la ONU y le faltan años, según los cálculos del mismo Estados Unidos, para fabricar la bomba atómica. Corea del Norte ha sacado a los inspectores de la ONU del país y comenzado de nuevo el reactor nuclear de Yongbyong, el cual le facilita acceso a suficiente plutonio para fabricar media docena de bombas en seis meses. ¿La reacción de los Estados Unidos? Intensificar las preparaciones de guerra contra Irak mientras menosprecia la importancia del conflicto con Corea del Norte y exhorta al diálogo arbitrado por la ONU.

Los voceros del gobierno de Bush no han podido presentar ninguna justificación lógica para lo que un crítico ha llamado “el enfoque esquizofrénico” hacia los dos países. Y eso es porque las verdaderas razones para la guerra contra Irak no tienen que ver nada con la propaganda de la Casa Blanca y el Ministerio de Estado, la cual retumba sin crítica en los órganos de prensa estadounidenses.

El gobierno habla en nombre de aquellos en la clase gobernante que ven en el colapso de la Unión Soviética para la oportunidad para establecer la Pax Americana, en la cual los intereses empresarios de los Estados Unidos, respaldados por tropas y bombas, dominan el mundo. La clave de este complot para establecer la hegemonía del mundo es el dominio indesafiado del continente eurasiático y el control de sus recursos estratégicos, sobretodo el petróleo. Es a base de esto que el imperialismo estadounidense trata de chantajear e intimidar al mundo entero.

La web site diplomático-militar, Stratfor.com, recientmente publicó un análisis bastante directo acerca de los verdaderos intereses estadounidenses que están en juego en la nueva guerra del Golfo Pérsico. Stratfor.com, que tiene vínculos muy íntimos con ciertos individuos poderosos en el gobierno de Bush y por lo regular vocaliza su visión estratégica, nombró tres objetivos primordiales: apoderarse del petróleo iraquí; transformar a Irak en base militar para expandir las actividades militares estadounidenses en el Oriente medio y Asia Central; y llevar a cabo una matanza sangrienta que traumatice a la población árabe y cimiente el dominio estadounidense-israelí de la región.

Stratfor.com ha declarado lo siguiente:

“La decisión de atacar a Irak surgió de las necesidades psicológicas y estratégicas. Desde el punto de vista psicológico, Washington quiere darle una nueva definición a la manera en que los árabes ven a los Estados Unidos. El objetivo es causar miedo y ganar el respeto. Desde el punto de vista estratégico, los Estados Unidos quiere ocupar a Irak para controlar el eje del Oriente Medio: desde un Irak ocupado, puede ejercer su dominio de toda la región. Siempre se ha presumido que la victoria en Irak definiría de nuevo la dinámica del mundo árabe. Varios gobierno árabes, tales como Kuwait, han aceptado esta evolución con los brazos abiertos; otros, como la Arabia Saudita, son aterrados por ella. Todos comprenden que un Irak ocupado por los Estados Unidos cambiaría la región de manera decisiva. Los Estados Unidos se convertiría, sin ninguna ambigüedad, en heredero de los imperios británico y otomán en el mundo árabe.

“El petróleo sería una de las palancas de ese poder. Si los Estados Unidos establece control de los abastecimientos petrolíferos de Irak—los segundos mayores del mundo—los precios del petróleo podrían bajar estrepitosamente, y las naciones árabes serían privadas de las maniobras que usan en la OPEP para establecer su política. Las naciones ricas en petróleo—principalmente la Arabia Saudita—probablemente no podrían mantener sus economías a flote. Puede que la realidad económica logre lo que la indignación popular no pudo” el cambio de régimen.

“Y también tenemos a Israel. La derrota de Irak, que es de los enemigos más vociferantes de Israel, establecería al estado judío y a Washington como los poderes dominantes de la región y forzaría a los gobiernos árabes a vivir bajo la amenaza perpetua de la destrucción económica y militar. Los dirigentes árabes también temen que Israel, embriagado por la derrota de Irak, empujaría a los palestinos aún más allá de Transjordania y la Franja de Gaza y los obligaría a emigrar a otros países vecinos. Un éxodo forzado de este tipo crearía una catástrofe humana épica que los gobiernos árabes no podrían resolver”.

La crisis del capitalismo estadounidense

En cuanto a la política exterior, el gobierno de Bush exhibe cierta temeridad increíblemente enloquecida. La doctrina de Bush de la guerra preventiva y su aplicación inicial en el Golfo Pérsico tiene insinuaciones profundamente desestabilizadoras no sólo para el Oriente Medio, sino para el mundo entero. La invasión y ocupación estadounidense de Irak socavaría a todos los regímenes árabes burgueses al mismo tiempo que las tensiones entre los Estados Unidos por una parte y Europa y Japón por otra se intensifican. Irán, India, Pakistán, China y otras naciones llegarán a la misma conclusión: la única manera de repeler un ataque de los Estados Unidos consiste en desarrollar, lo más rápido posible, las armas nucleares.

Washington está haciendo añicos de toda la estructura de relaciones internacionales que por más de medio siglo ha hecho posible cierto nivel de estabilidad y aguantado las contradicciones que dos veces durante el Siglo XX llevaron a conflagraciones mundiales.

Esta política, cuyas enormes insinuaciones los que tienen las riendas del poder casi apenas pueden predecir, no refleja la confianza; refleja un sentido muy profundo de crisis. El imperialismo estadounidense es muy poderoso, pero sus contradicciones son aún mucho más poderosas. El poderío militar de los Estados Unidos se basa en una economía más y más frágil. La temeridad del gobierno de Bush es reacción a la ansiedad cada vez mayor de los ámbitos gobernantes en cuanto al deterioro de la economía estadounidense y las insinuaciones convulsivas que la profundizante crisis social tiene para el interior del país.

Uno de los elementos principales de la política exterior del gobierno de Bush es la idea que, al apoderarse de los recursos importantes del mundo, el capitalismo estadounidense podrá superar las dificultades económicas intratables. Es la manera de usar el poder militar para vencer los problemas económicos para los cuales la clase gobernante de los Estados Unidos no tiene ninguna solución. Se multiplican, pues, los comentarios provenientes de Washington y los círculos intelectuales: que si los Estados Unidos se apodera de las instalaciones petrolíferas de irak, el impacto sobre los precios mundiales del petróleo será muy beneficioso.

El capitalismo estadounidense se enfrenta cara a cara a una crisis económica y financiera más y más desesperada. Aumenta el desempleo. Las tasas de inversiones y producción industriales se han estancado o declinan. Las deudas empresariales y de individuos han llegado a niveles que baten el récord.

Los gobiernos de los estados del país entero están en bancarrota. El déficit del presupuesto federal otra vez aumenta. La temporada comercial navideña ha sido tan pésima que ha exacerbado las ansiedades de los ámbitos gobernantes, lo cual indica que el sector de la economía que más fuerte se había mostrado contra la tendencia hacia la recesión—los gastos consumidores—está declinando.

La prosperidad especulativa de Wall Street durante la década del 90 precipitó la crisis actual. Se calcula que aproximadamente acciones en valor de $2.6 billones fueron borradas del mapa durante 2002, lo que resultó en una pérdida total a $7 trillones desde que Wall Street llegara a su apogeo durante el verano del 2000.

El año pasado fue la primera vez desde la Gran Depresión que los precios de las acciones disminuyeron tres años seguidos. Luego de comenzar el año a un nivel de 10,000, el promedio del índice de Dow Jones titubeó con 7,000 en julio y luego en octubre. Dow Jones disminuyó 16.8%, lo cual representa la peor baja anual desde 1977. El mes pasado la caída fue de 6%, la peor durante el mes de diciembre desde 1931. El índice de Standard & Poor, que es más amplio, mostró una baja de 23%. NASDAQ disminuyó 33% y ha perdido tres cuartos de su valor desde el 2000.

Estas pérdidas gigantescas afectan la economía general inexorablemente. Las bancarrotas de las empresas y de individuos han alcanzado niveles que baten el récord. Durante 2001-2002, las empresas estadounidenses sufrieron un incumplimiento de pago de bonos mayor que durante los 20 años previos. Las inversiones empresariales casi no existen. Y luego de un año de escándalos empresariales— Enron, WorldCom, Global Crossing, Tyco, etc.—vinculados al colapso del mercado de acciones, la confianza del público en cuanto el comercio estadounidense y el sistema capitalista ha llegado a su nivel más bajo desde la Depresión.

A pesar de las aseveraciones del gobierno de Bush que la economía de los Estados Unidos se está recuperando, ésta en realidad se tambalea. El desempleo ha alcanzado las cifras más altas en ocho años, y la confianza del consumidor cayó estrepitosamente durante diciembre. Las ventas al por menor durante la temporada navideña fueron las más bajas en 30 años. Las tiendas que venden a precios baratos y sirven a los consumidores de la clase obrera sufrieron los peores estragos.

Las condiciones de vida del pueblo trabajador se deterioran rápidamente. Casi todos los estados del país van a reducir los gastos de los servicios sociales, justamente a medida que el desempleo y la pobreza crecientes requieren mayor socorro. El 8 de diciembre, el gobierno de Bush redujo el seguro de desempleo para 800,000 trabajadores desempleados luego que los Republicanos del Congreso, con mínima oposición de los Demócratas, bloquearon la extensión de los beneficios que se había propuesto.

Aumenta la presión sobre la posición internacional del capitalismo estadounidense. Los inversionistas extranjeros en los mercados financieros de los Estados Unidos se han dado cuenta que los valores de sus bienes disminuyen violentamente y puede que comiencen a retirar sus fondos, lo cual haría imposible que los Estados Unidos pueda resolver su enorme déficit en la balanza de pagos, la cual ahora llega a los $500 billones anuales. Esto a la vez pone en duda la estabilidad del dólar estadounidense, el cual forma la base del sistema económico mundial. Contra el dólar disminuyó 15.2% contra el euro y 9.8% contra el yen durante 2002.

Se evidencia más y más que, por primera vez desde la década del 30, la economía internacional va entrando en un período de deflación mundial, círculo vicioso en que los precios caen, los valores de bienes se van abajo, el crédito deja de existir, la producción se contrae, el comercio declina, y el sistema de ganancias, para todo propósito, básicamente se detiene.

La política exterior del gobierno de Bush no menos deriva su ímpetu de las exigencias políticas interiores, las cuales se arraigan en las insinuaciones sociales explosivas que el estancamiento económico produce. Al gobierno estadounidense lo domina el imperante de distraer y confundir la opinión pública por medio de toda una serie de provocaciones que no tienen fin: alertas terroristas, crisis diplomáticas y militares y guerras. Aquí podemos comparar una vez más la posición del capitalismo estadounidense a la de la Alemania nazi durante la década del 30, cuando el régimen de Hitler tomó el rumbo de la guerra como única reacción a las contradicciones sociales que aumentaban en el país.

El gobierno de Bush usa los métodos de los pandilleros internacionales—la violencia, el chantaje y las mentiras—y los combina con la represión interna. La enorme concentración de poderes policiales en manos del gobierno federal desde el 11 de septiembre, 2001, no tiene que ver nada con proteger a los ciudadanos ordinarios del peligro terrorista. Más bien su objetivo es facilitar la agresión—cada vez más abierta—contra las normas de vida y los adelantos sociales previos de la clase obrera estadounidense.

No es coincidencia que Bush ha insistido que el proyecto de ley que establece el nuevo Ministerio para la Seguridad de la Patria le quita a todos los trabajadores del gobierno federal todo derecho de sindicato y civil. Esta medida tan agresiva forma parte de un cuadro más amplio en el cual la “seguridad nacional” y la “guerra contra el terrorismo” son pretextos para exigirle a los trabajadores mayores sacrificios sin fin y privarles de todo medio legal para defenderse contra las intrusiones de los patronos empresariales. Este es el significado de la decisión que el gobierno tomara para forzar a la Aerolínea United declararse en bancarrota, acción que le da la luz verde a las empresas gigantes de la industria aérea y a otras para romper los contratos, imponer reducciones sin precedente de los salarios y beneficios e intensificar la explotación industrial a través de la aceleración de la mano de obra, horas adicionales forzadas y la eliminación de todas las normas de salubridad y seguridad en el trabajo.

La lucha contra el imperialismo

La guerra venidera contra Irak incurrirá gastos enormes. Exacerbará todos los problemas económicos internos del capitalismo estadounidense e intensificará la crisis social interna. Ocasionará la agresión mayor contra la clase obrera, no sólo en cuanto a sus derechos democráticos, sino también sus intereses sociales. Los empleos, el cuidar de la salud, las pensiones, la educación y la vivienda todos sufrirán peores ataques como consecuencia de la guerra.

La clase gobernante de los Estados Unidos ha emprendido una política que inevitablemente terminará en catástrofe. La oligarquía que controla la economía, obsesionada con agrandar sus riquezas personales, está poniendo en movimiento fuerzas sociales enormes que no comprende. La historia nos enseña que la guerra es el recurso más peligroso de la política del estado. Inevitablemente produce consecuencias que no se pueden predecir. El precipitado rumbo que Washington ha tomado hacia la guerra engendrará luchas anti imperialistas por todo el mundo e intensificará la protesta y la resistencia social en el interior del país.

La agresión sangrienta contra una nación empobrecida y oprimida causará náusea en el exterior y el interior de la nación. No existe en los Estados Unidos ningún apoyo de las masas para el barbarismo que el gobierno de los Estados Unidos se prepara a desatar.

Ya se levanta una ola de oposición anti imperialista en Europa y Asia. Pero aquellos que quieren luchar contra el imperialismo de los Estados Unidos no pueden tener ninguna ilusión en los rivales imperialistas de Washington. No obstante el sentimiento anti bélico popular o el temor que sienten hacia las consecuencias de la guerra, las burguesías europea y japonesa no pueden efectivamente contrarrestar la política que Washington sigue. Sea por medio del chantaje o de las amenazas, todas eventualmente caerán en línea recta ante el poder hegemónico imperialista.

El dominio actual que los Estados Unidos ejerce sobre los demás poderes imperialistas es expresión muy específica de las contradicciones fundamentales del capitalismo mundial. Dos veces durante el Siglo XX, estas contradicciones estallaron en guerras mundiales. Los Estados Unidos salió de la Segunda Guerra Mundial como poder imperialista dominante, pero su influencia fue limitada por la existencia de la Unión Soviética, la Revolución China y las luchas de masas que acompañaron el colapso de los imperios coloniales europeos. El colapso de la URSS en 1991 ha rendido inexistente toda barrera contra las acciones militares de los Estados Unidos y ha dejado la puerta abierta para la nueva explosión de violencia imperialista.

Los apologistas del capitalismo alabaron el fin de la Guerra Fría como si éste hubiera sido “el fin de la historia”, pero la nueva explosión del militarismo demuestra que los convenios que se hicieron luego de la Segunda Guerra Mundial no resolvieron la crisis del capitalismo mundial. La crisis se arraiga en las contradicciones que existen entre, por una parte, una economía mundial muy avanzada e integrada y las restricciones del sistema de estados-naciones dentro del cual el sistema capitalista de ganancias se desarrolló y al cual está atado.

La contradicción esencial que ocasionó las guerras y las revoluciones del Siglo XX inexorablemente conduce a una nueva explosión. El intento de los Estados Unidos en establecer su dominio mundial nos muestra que una crisis revolucionaria internacional también se acerca. La consecuencia final será el resbalo hacia el barbarismo o el progreso de la humanidad hacia el socialismo.

El año venidero nos plantea una problemática: ofrecerle al creciente movimiento contra la guerra el programa sobre el cual la clase obrera internacional puede movilizarse como fuerza política independiente. Ya evoluciona la oposición dentro de los Estados Unidos contra la política rapaz de Bush en el interior y el exterior del país. Las declaraciones de la prensa que Bush es popular con el pueblo estadounidense son falsas y cínicas. El presunto apoyo que las masas le dan a Bush es en realidad un reflejo invertido y distorsionado de la ausencia de toda oposición seria por parte del Partido Demócrata y todos los otros sectores de la élite política.

Hasta las encuestas de la prensa muestran que la oposición del público contra la guerra ha aumentado, a pesar del colapso de toda oposición por parte del Partido Demócrata. Según una de las últimas encuestas, aún si se presume que los soldados estadounidenses no han de sufrir bajas, la mayoría se opuso al ataque unilateral contra Irak.

La clase obrera de los Estados Unidos tiene la gran responsabilidad de oponerse a la política rapaz del gobierno de Bush. No debe permitir que al pueblo estadounidense se le implique en crímenes de guerra perpetrados en su nombre.

Los trabajadores estadounidenses que buscan una alternativa al programa de guerra y reacción política de Bush tienen que aprender las lecciones políticas del colapso del liberalismo y el cambio drástico hacia la derecha de los dos partidos capitalistas. Es necesario soltarse de la camisa de fuerza impuesta por el sistema de dos partidos y establecer un movimiento político independiente del pueblo trabajador que adelanta la alternativa socialista al sistema capitalista.

El próximo mes se celebrará el quinto aniversario del comienzo de la World Socialist Web Site, órgano político del Comité Internacional de la Cuarta Internacional y los Partidos Socialistas por la Igualdad en todo el mundo. A medida que nos acercamos a este importante acontecimiento, nos comprometemos a intensificar nuestros esfuerzos por convertir a la WSWS en foco político para el fomento de un movimiento socialista independiente de la clase obrera internacional contra el militarismo estadounidense y el imperialismo internacional.

Este movimiento debe oponerse, franca y abiertamente, al sistema capitalista. Tiene que vincular la lucha contra las guerras imperialistas a un programa que aboga por la redistribución de la riqueza de los ricos al pueblo trabajador con el mayor alcance posible. Esto significa que debemos socavar la riqueza y los privilegios atrincherados, inclusive la expropiación de los monopolios oligárquicos financieros y empresariales, para convertirlos en empresas públicas regidas a base de la planificación científica bajo el control de la clase obrera.

La cantidad de lectores de la WSWS, que cada día aumenta más y más, muestra la posibilidad de establecer este movimiento. Todos los días miles de lectores leen la WSWS, que publica sus artículos en una docena de idiomas extranjeros, y tiene partidarios y corresponsales en una misma cantidad de países y en todos los continentes.

Convocamos a todos nuestros lectores y partidarios que amplíen la influencia de la WSWS, que distribuyan sus comentarios y declaraciones y que contribuyan con sus propios artículos. Los convocamos a que se comuniquen con la WSWS, que se unan a nuestro movimiento y que participen en la formación del Partido Socialista por la Igualdad en los Estados Unidos y en las otras secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional en todo el mundo.

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