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Bush le da carta blanca a Israel para que continúe ataques contra palestinos

Por Bill Vann
16 Julio 2002

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Aún en los anales de los planes que se han propuesto para lograr la “paz” en el Oriente Medio, el cinismo del discurso que George W. Bush pronunció desde la Casa Blanca el 24 de junio es único.

Tanques y tropas israelíes embestían contra las principales ciudades de Cisjordania, matando a inocentes y sometiendo a cientos de miles a un severo estado de sitio mientras el presidente norteamericano regañaba y sermoneaba a la gente palestina sobre la necesidad de reformas democráticas y demandaba que se deshiciera de su presidente electo, Yasser Arafar.

El plan de Bush no le ofrece nada a los palestinos. Tampoco propone nada nuevo para resolver el prolongado y sangriento conflicto. Sí le da permiso a Israel para seguir reocupando a los territorios que supuestamente habían sido puestos bajo el control de la Autoridad Palestina (AP) para aniquilar físicamente tanto a sus dirigentes como a sus fuerzas de seguridad.

La línea que el gobierno de los Estados Unidos ha propuesto representa un cambio radical respecto a “la cuestión palestina”. La diplomacia mundial siempre ha considerado que el problema fundamental es como acomodar los derechos de un pueblo convertido en refugiados; repetidamente despojado de sus tierras desde la formación de Israel en 1948, por la ocupación del Cisjordania y Gaza en 1967 y por la ola posterior de colonias sionistas en los territorios ocupados.

Bush le da una matiz diferente al problema. Pinta a los palestinos de ser un pueblo “terrorista” y acusa a su dirección, la Organización para la Liberación de Palestina [OLP], de ser una entidad criminal; a pesar de que a ésta por mucho tiempo se le ha reconocido como movimiento nacionalista burgués que funciona dentro de la ley.

La intención de poner a Arafat y otros funcionarios palestinos al margen de la ley codifica la política que Washington ha tratado de imponer por más de un año. Se trata de darle luz verde a Israel para que asesine a dirigentes selectos hostiles a los intereses de los Estados Unidos e Israel.

Los círculos gobernantes israelitas reaccionaron al discurso diciendo que pudo haber sido escrito por el propio Primer Ministro del país, Ariel Sharon, y que representaba la victoria completa de la política de éste. El partido gobernante de Israel, el Likud, declaró que el discurso sería recordado como “el fin de la era de Arafat”.

Aun entre los partidarios más acérrimos de Israel existe inquietud con el plan de Bush, que no le exige nada al régimen israelita. En un editorial, el New York Times observa que “El Señor Bush parece decirle al Primer Ministro, Ariel Sharon, que tiene la mano libre para ocupar a toda Cisjordania hasta que se forme una Palestina nueva y democrática. El gran misterio es de que manera van a poder los palestinos conducir elecciones y reformarse a sí mismos cuando los militares israelitas los mantienen totalmente sitiados y encerrados en sus casas.”

Ningún observador serio cree que el plan pueda contener, en lo más mínimo, ni la ola de bombardeos suicidas dentro de Israel ni a la represión aplastante israelita en los territorios ocupados.

Ni a Bush ni a Sharon les interesa la “reforma” o la “democracia” palestina. La política que promueven es la de la fuerza bruta. Su objetivo es la destrucción de la Autoridad Palestina y de todas la infraestructura e instituciones creadas en los territorios ocupados desde que Israel y la OLP firmaran los Acuerdos de Oslo en 1993.

El presidente estadounidense no le hizo la menor crítica al gobierno de Sharon, pero sí advirtió que todo esfuerzo palestino para resistir la ocupación sería inútil. “Israel continuará defendiéndose a sí misma, y la situación del pueblo palestino será cada vez más miserable”.

Sus absurdos comentarios invierten la realidad. La raíz del conflicto actual, según Bush, no es nada más que el terrorismo y el fracaso de la dirigencia palestina en combatirlo.

“Hoy día el pueblo palestino vive en un estancamiento económico, hecho peor por la corrupción oficial”, declaró Bush. ¿Por qué? Bueno, según el presidente, la pobreza y la opresión son las consecuencias de la perfidia de la Autoridad Palestina, que nunca controló la región con mano firme, y de su fracaso en aceptar la “economía basada en el mercado libre”. Aparentemente, la enorme cantidad de palestinos repetidamente expulsados de sus tierras, un gobierno sionista que a través de la fuerza se ha apoderado de vastos terrenos para establecer colonias en Gaza y Cisjordania, y la dislocación continua de la vida económica, consecuencia de décadas de ocupación militar, no tienen que ver con nada.

Bush insistió que la paz podía lograrse sólo si había una “ruptura con el pasado”, lo cual definió como la purga total de la dirigencia de la Autoridad Palestina, incluyendo a Arafat, y la instalación de dirigentes nuevos que no hayan “transigido con el terrorismo”.

A Israel no se le exigió lo mismo, aún cuando a su propio Primer Ministro se le ha acusado de varios crímenes de guerra. Irónicamente, Bush pronuncia su discurso el día anterior a los trámites jurídicos puestos en marcha en Bruselas para determinar si a Sharon debería enjuiciársele por crímenes contra la humanidad; crímenes que cometiera 20 años atrás cuando organizó la masacre de cientos de palestinos refugiados—desarmados—en los campamentos de refugiados de Sabra y Shatila en el Líbano.

¿A que se parecerían un estado palestino basado en el plan de Bush? Con toda seguridad se podría decir que su presidente sería un títere de Washington y, lo más probable, un agente de la CIA dentro del movimiento palestino. Su economía se subordinaría a los intereses israelitas y estadounidenses y sería directamente regida por el Fondo Monetario Internacional. Sus cuerpos de seguridad serían dirigidos por la CIA y Mosad (policía secreta de Israel) y su objetivo consistiría en suprimir a todo oponente del régimen, el cual, claro, tendría el respaldo de los Estados Unidos.

Con las colonias sionistas ya ubicadas, el territorio de esa seudo nación sería dividido en un mosaico de unidades sin viabilidad, con las barricadas en las carreteras intactas, esas estaciones de control y las patrullas israelitas que ya hacen de la existencia cotidiana palestina un suplicio y humillación diarios.

En resumen, un estado palestino “provisional” se parecería, más que otra cosa, a los bantustans que el régimen apartheid de África del Sur establecía para mantener a la población negra en la miseria paupérrima y reprimirla.

Según varios informes de prensa, la versión final del discurso del presidente estadounidense fue el resultado de un debate feroz dentro del gobierno de Bush. En este debate prevalecieron los elementos más derechistas y más pro Israel: el vicepresidente Richard Cheney y el secretario de defensa, Donald Rumsfeld.

Durante los años del 80, Cheney, miembro de la Cámara de Diputados del congreso nacional, fue de los defensores más fieles del apartheid en África del Sur. Repetidamente votó no sólo para que los Estados Unidos mantuviera sus vínculos con el régimen blanco racista, sino también contra una resolución que urgentemente pedía la libertad de Nelson Mandela, quien había pasado más de dos décadas en la cárcel. También votó contra negociaciones entre Pretoria y el Congreso Nacional Africano (CNA).

Cheney defiende sus votos hasta hoy día con la justificación que el CNA era una organización “terrorista”. Su punto de vista no ha cambiado y es típico de la elite gobernantes estadounidense, dispuesta a condenar la gran mayoría de la humanidad en los países oprimidos a la dictadura y a la miseria.

Bush, “elegido” presidente por medio de un fraude enorme, ahora exhorta a los palestinos a “formar una democracia práctica basada en la tolerancia y la libertad” y prometió darle ayuda estadounidense para organizar elecciones imparciales”.

Una cosa quedó bien clara con el discurso del lunes 24 de junio: Estados Unidos se reserva el derecho a decidir quienes serán los líderes legítimos y quienes no. Esa política vale tanto en Palestina como en Afganistán. La Pax Americana que el gobierno de Bush tiene en mente no incluye ni siquiera una auto determinación fingida. Washington lo decidirá todo, hasta con la fuerza militar si fuera necesario.

El concepto que la fuerza ha de solucionar los problemas históricos insolubles del Oriente Medio—idea que el gobierno de Bush y el régimen de Sharon comparten—sólo puede acabar en la catástrofe social.

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