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La causa contra Clinton
¿Se dirige Los Estados Unidos hacia la guerra civil?

Por el Comité de Redacción
21 Diciembre 1998

A causa del voto tomado el sábado pasado para entablar juicio contra el presidente Bill Clinton, repentinamente se ha puesto bien claro que Los Estados Unidos está a punto de sufrir una crisis política de dimensiones históricas. Aún los medios de prensa, que durante todo el año habían tratado el alboroto en Washington como chiste hilarante, está comenzando a reconocer no sólo que el escándalo es extremadamente grave, sino que puede tener consecuencias mortíferas.

La virulencia y la malignidad constituyeron el aspecto más sorprendente del debate que precedió al voto para enjuiciar. Para descubrir precedente histórico que se asemeje al salvajismo de esta política interna, se tendría que regresar no sólo al año 1868--la última vez que se enjuició un presidente--sino aún más lejos: a la época que justamente precediera el estallido de la Guerra Civil en 1861. Luego del voto, Richard Gephardt, dirigente de la minoría Democrática en la Cámara de Diputados, advirtió que la política en Los Estados Unidos estaba llegando a la violencia.

Parece que no existe ninguna explicación obvia para la ferocidad de la batalla entre los Demócratas y los Republicanos. De acuerdo a los eruditos, ésta es una época de prosperidad sin precedente en la cual Los Estados Unidos, después de "ganar" la Guerra Fría", es el único superpoder indisputable del mundo. ¿Por qué, entonces, en medio de estas condiciones presuntamente idílicas, se encuentra el sistema político del país al borde del colapso?

Es manifiestamente absurdo argüir que la presente situación ha resultado tanto de los encuentros del Presidente Clinton con Mónica Lewinsky como de su repudio a dicha relación. Si fuera verdad que el sexo y la mendacidad son la verdadera causa de esta crisis, se tendría que concluir por obligación que el sistema de gobierno estadounidense no sirve. El genio de los "Padres de la Patria" no tendría mucho importe si la manera en que el gobierno funciona dependiera de la buena voluntad de los presidentes para relatar los detalles de sus prácticas sexuales.

La crisis actual tiene su origen en causas mucho más fundamentales. A fin de cuentas, el conflicto en Washington ha de reflejar conflictos profundamente arraigados en la sociedad estadounidense en general.

En ningún otro país capitalista desarrollado es la amplitud del debate político tan angosta como en Los Estados Unidos. De acuerdo con el status quo político, la lucha de clases no existe en Los Estados Unidos. Más bien, la ideología oficial niega la existencia de clases sociales antagonistas.

Pero la repudiación del conflicto de clases no altera el hecho que sí existe. Precisamente debido a que casi no existen hay dentro del sistema político para que las contradicciones de clase se puedan expresar abierta y directamente, éstas al principio tienden a manifestarse de forma extraña y grotesca.

La crisis de Washington surge de una acción recíproca entre procesos políticos, sociales y económicos muy complejos. La democracia burguesa se está desintegrando bajo el peso abrumador de las contradicciones insolubles que se han acumulado y que van aumentando. Los procesos económicos y tecnológicos vinculados a la internacionalización de la economía mundial han socavado las condiciones sociales y relaciones clasistas sobre las cuales la estabilidad política de Los Estados Unidos ha dependido por mucho tiempo.

Los aspectos más significativos de esta erosión son la proletarianización de enormes estratos de la sociedad estadounidense; el deterioro del tamaño y la influencia de las clases medias tradicionales; y el crecimiento de la desigualdad social. Estos se reflejan en la disparidad que existe en la distribución de la riqueza y de los ingresos. De todas las naciones industrializadas principales, Los Estados Unidos es la que más desigualdad tiene, con una brecha entre la elite financiera y el resto de la población mucho mayor de lo que era 25, y hasta 50, años atrás.

Estos procesos han estado visibles durante gran parte del Siglo XX, pero se han acelerado enormemente desde 1975. Esa capa de la población que recibe salario por su trabajo ha crecido firmemente, y millones de oficinistas, profesionales y gerentes intermedios han sido afectados por la destrucción de empleos y la reestructuración que las empresas han llevado a cabo. Esto ha resultado en una reducción dramática de los salarios, beneficios y seguridad de empleo.

La estabilidad económica y el peso social de las clases medias tradicionales--los negociantes pequeños, los granjeros, los gerentes intermedios y los profesionales independienteshan declinado precipitosamente. Esto se refleja en la cantidad de bancarrotas declaradas por individuos y negocios pequeños, la cual ha batido el récord.. En comparación a otras épocas del siglo, estas capas medianas hoy día controlan una proporción mucho menor de los recursos económicos y financieros de la sociedad estadounidense.

El nivel sin precedente de desigualdad social le crea tensiones espantosas a la sociedad. Existe un abismo enorme entre los ricos y las masas trabajadoras que la clase media apenas puede amortiguar. Las capas intermedias que antes servían como mallas protectoras sociales--y que constituyen la base principal del apoyo a la democracia burguesa--ya no pueden cumplir ese papel.

La transformación de los viejos partidos

Los dos partidos capitalistas reflejan de manera diferente el impacto de los cambios económicos dentro de las elites gobernantes. En un esfuerzo por desarrollar y mantener una base popular para atacar a la clase obrera y al patrimonio del liberalismo social del Nuevo Trato (New Deal), los capitalistas se han virado más y más hacia la derecha extrema para que ésta vele por sus intereses. El Partido Republicano, que antes era portavoz abierta de Wall Street, se ha convertido en agencia de elementos que tienden hacia lo fascista, como por ejemplo, los fundamentalistas cristianos James Dobson y Pat Robertson.

El poder de la derecha republicana se basa en que representa, de manera mucho más consistente y despiadada, las exigencias de la elite financiera estadounidense. La derecha radical sabe lo que quiere y para conseguirlo está preparada a atropellar la opinión pública. Los republicanos no están actuando de acuerdo con los reglamentos constitucionales normales. Por otra parte, los demócratas se retuercen las manos como espectadores impotentes y pasivos.

Si los republicanos expresan lo brutal que son las relaciones clasistas en Los Estados Unidos, sus opositores burgueses en el Partido Demócrata personifican un liberalismo flácido y desmoralizado cuya perspectiva reformista diluida ha sido descartada por completo por la clase dirigente.

Los mismos procesos económicos y sociales que han empujado al Partido Republicano hacia la derecha también han afectado a las bases sociales del Partido Demócrata. Sus partidarios y activistas son comerciantes y profesionales ricos, cierta capa de la pequeña-burguesía negra--la cual depende en gran parte de los subsidios que le suministra el gobierno y las empresas--y los burócratas que rigen los sindicatos. Estos estratos platónicamente abogan por reformas, siempre y cuando éstas no afecten sus inversiones o no se entable una lucha verdadera. Mantienen tanta distancia de la clase obrera como sus semejantes republicanos.

Clinton buscó la manera de pacificar a la chusma linchadora republicana en la Cámara de Diputados, primero con una mea culpa humillante y luego con los bombardeos de Iraq. Ahora tratará de pacificar a los republicanos del Senado. Su postración ante la campaña para enjuiciarle no es tanto asunto personal como fenómeno político. Si denunciara a los republicanos del Congreso y recurriera al público, los demócratas lo desertarían en masa, sellando así su destino en el juicio que el Senado entablare.

El Partido Democrático es incapaz de defenderse a sí mismo porque una lucha genuina contra la campaña de juicio político exigiría que se desenmascare el significado político de la campaña derechista para desestabilizar el gobierno de Clinton; identificar las fuerzas sociales detrás de ello; e incitar un movimiento popular de oposición entre los trabajadores. Pero, como partido burgués que defiende el sistema capitalista, el Partido Demócrata no puede hacer ese llamado.

La tormenta política que se acerca

La evolución de Los Estados Unidos durante el último cuarto de siglo lo ha convertido, en efecto, en dos países que, tal como los sucesos recientes indican, no hablan el mismo idioma político. Por un lado están los estadounidenses trabajadores--la enorme mayoría--que se enfrentan a una lucha continua contra la destrucción de sus empleos y la disminución de sus niveles de vida. Por otro está la elite financiera--los capitalistas y cierta capa de la clase media alta--que monopoliza la riqueza y controla el sistema político.

Hasta ahora el conflicto en Washington se ha limitado a la elite política y a la de la prensa, las cuales han ignorado, malentendido o, como sucedió con el voto para enjuiciar, desafiado insolentemente la opinión pública. No obstante, bajo la superficie de esta batalla furiosa, enormes fuerzas sociales se están agitando. No importa de que manera se resuelva la crisis a corto plazo, estas contradicciones sociales eventualmente hallarán su expresión en un conflicto social que se está profundizando.

La desintegración de la prosperidad económica de los 1990 le dará un ímpetu enorme al crecimiento de las tensiones sociales y del desarrollo de una conciencia política anti-capitalista entre los trabajadores. La desmesurada bolsa de valores ha alentado ilusiones en el sistema capitalista y permitido que Clinton y los republicanos disfracen el carácter reaccionario de su agenda política, como, por ejemplo, la abolición de los subsidios suministrados por el Departamento de Asistencia Pública (Welfare). Pero el desmantelamiento de los beneficios sociales significa que una recesión en la economía, a no decir una depresión o un pánico financiero, rápidamente lanzará a millones a la pobreza.

El Financial Times de Inglaterra hizo una advertencia el sábado pasado acerca de lo frágil que se encuentra la economía estadounidense, la cual se basa en bienes cuyos valores han sido inflados a niveles extravagantes. Declaró, además, que la bolsa de valores estadounidense, cuyo valor es exagerado, es todo lo que se interpone entre el capitalismo mundial y una recesión global devastadora. No hay que decir que la burguesía de Los Estados Unidos, atormentada por la riña interna en Washington, no está en condiciones para organizar una respuesta internacional al próximo ciclo de crisis económicas y monetarias.

Varias voces serias de la prensa estadounidense han comenzado a expresar su consternación acerca de las repercusiones políticas de la crisis actual. Un columnista del New York Times advirtió que "si nuestras instituciones cívicas fracasan en resolver y purgar las profundas divisiones nacionales de manera justa, legal y completamente abierta, puede que los ciudadanos estadounidenses se sientan impulsados a resolverlas en las calles".

Un editorial del diario Los AngelesTimes anunció en su titular "¡Ojo con la ira!" Advirtió que un capitolio tan fuera de onda con el pueblo que alega representar, que tan fácilmente se deja dominar por un pequeño grupo de extremistas vociferantes, es un mayor peligro a la República que todas las mentiras egoístas de Clinton. La Cámara de Diputados debería prestarle atención a la advertencia semibíblica que hiciera el Diputado John Lewis (Demócrata, Estado de Georgia) anteriormente en 1998: "Nuestros ciudadanos se están fijando. ¡Ojo con la ira del pueblo estadounidense!...¡Ojo!"

Ninguna otra clase dirigente ha tenido tanto éxito en suprimir el movimiento social de la clase obrera como la clase dirigente estadounidense. Al utilizar el sistema de dos partidos, virándose a la izquierda o a la derecha según las circunstancias dicten, el capitalismo estadounidense ha logrado prevenir que se desarrolle un movimiento político independiente de las masas del pueblo trabajador. De gran importancia para estos fines han sido los medios de prensa, que censuran y declaran de ilegítima cualquier opinión política que no se acople a las normas dictadas por el consenso derechista en Washington.

Estos métodos, sin embargo, no son eternos. Aún la prensa más servil y los políticos más venales no pueden venderle a las masas un programa que enriquezca a los ricos con más y más abundancia. El período en que la gama del pensamiento político estadounidense se limitaba a fluctuar entre lo conservador y lo ultra conservador, con el socialismo proscrito y el liberalismo considerado idea obscena, está llegando a su fin. El golpe político de los derechistas radicales ya ha comenzado a provocar la reacción de los de abajo.

Hay tres condiciones que indican que una situación revolucionaria se está desarrollando: la vieja clase dirigente ya no puede gobernar de la misma manera; las clases oprimidas ya no pueden seguir viviendo como de costumbre; y las masas han adquirido el conocimiento que es necesario tomar el camino de la lucha política y concentrar el destino de la sociedad en sus propias manos. Las primeras dos condiciones ya existen en Los Estados Unidos, pero la tercera aún no ha madurado. Esa es la misión a la que los socialistas deben darle toda su atención.

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